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viernes, 5 de marzo de 2021

El sistema de la democracia (DSI). Por Rafael Serrano

Hoy comienzo una serie de reflexiones sobre el sistema político de nuestra democracia, que si bien, es una democracia verdadera y asentada, está necesitada de mejoras para hacer de ella un sistema más acorde con la dignidad de la persona humana y para ello tenemos que concienciarnos todos de la responsabilidad que tenemos como ciudadanos en el perfeccionamiento de las instituciones y del sistema todo. 

Espero que estas reflexiones nos ayuden a ser mejores ciudadanos y mejores cristianos. 

El sistema de la democracia 

En la Encíclica “Centesimus annus”, del Papa San Juan Pablo II, con motivo del centenario de la Encíclica “Rerum novarum” de León XIII, leemos. “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la “subjetividad” de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad”. A la luz de estos principios bien podemos afirmar que en general las democracias actualmente vigentes, si bien son auténticamente tales y estás consolidadas, si son susceptibles de perfeccionamiento tanto en sus instituciones como en su funcionamiento. En este y en los siguientes artículos iré reflexionando sobre esas mejoras que necesitan nuestras democracias y sobre la responsabilidad que todos tenemos en su consecución. En líneas generales diría que en primer lugar no siempre se basan en “ una recta concepción de la persona humana” , como muestra la extensión de leyes como las del aborto, eutanasia, matrimonios homosexuales… que distan mucho de esa recta concepción de la persona humana, a la luz de la doctrina social de la Iglesia. Por otra parte en estas democracias con frecuencia no se promueven convenientemente a las personas concretas, por no darse las condiciones necesarias en las situaciones laborales, en los sistemas educativos, en la protección y promoción de la familia natural. Tampoco podemos afirmar que existan y se promocionen suficientemente estructuras de participación real y de corresponsabilidad. El sistema de partidos políticos, si bien necesario, con frecuencia, soslaya la participación de los ciudadanos y, como consecuencia, la corresponsabilidad es un término a menudo vacío. Los valores y la democracia Una auténtica democracia no es sólo el resultado de un respeto formal de las reglas, sino que es el fruto de la aceptación convencida de los valores que inspiran los procedimientos democráticos: la dignidad de toda persona humana, el respeto de los derechos del hombre, la asunción del “bien común” como fin y criterio regulador de la vida política. Si no existe un consenso general sobre estos valores, se pierde el significado de la democracia y se compromete su estabilidad.

Uno de los mayores riesgos para las democracias actuales es el relativismo ético, que induce a considerar inexistente un criterio objetivo y universal para establecer el fundamento y la correcta jerarquía de valores: “Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.” (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, II, c. 8 , n. 406-407) 

Rafael Serrano Molina

viernes, 8 de enero de 2021

QUO VADIS, EUROPA. Por Rafael Serrano

San Juan Pablo en Santiago de Compostela, 1982

El tema de la descristianización de Europa preocupa y creo que es necesario crear conciencia social de la importancia que tiene para la vida de todos que en Europa estén vigentes los valores cristianos que modelaron su cultura. 

Estamos iniciando un nuevo año, que deseo a todos muy feliz, y que podamos dejar atrás los penosos días del año que acaba de terminar. Son éstas, fechas para balance y para plantear nuevos objetivos para el año. Entre los muchos acontecimientos vividos en el año que termina he elegido el tema de Europa para esta reflexión. Creo que el balance de la Unión Europea en este último año no es muy positivo. Muchos han sido los asuntos que no se han resuelto satisfactoriamente, a mi juicio. En la gravísima crisis sanitaria surgida a consecuencia de la COVID-19 ha faltado una respuesta pronta, común, eficaz y solidaria; en el caso de la emigración tampoco se ha adoptado una política conjunta, justa, humanitaria y equitativa. Las negociaciones con el Reino Unido para una salida acordada tampoco han sido acertadas ni ha satisfecho a todas las partes y han suscitado temores e incertidumbres. Por otra parte el Parlamento Europeo so pretexto de la defensa de los Derechos Humanos ha adoptado como principio directivo la “ideología de género”, con la pretensión de que sea norma en todos los países de la Unión aun en contra de la posición de algunos, de sus miembros, como Polonia. 

Ante este somero balance, que soy consciente de que es muy fragmentario e incompleto me pregunto: “¿A dónde vas, Europa?” ¿Es ésta la visión que animaba a los Padres de la Unión Europea, -De Gasperi, Adenauer, Schuman…- al emprender el sueño de una Europa unida? 

Ya San Juan Pablo II en el acto europeísta celebrado en la catedral de Santiago de Compostela el 9 de noviembre de 1982 ante “representantes de organizaciones nacidas para la cooperación europea” y ante “hermanos en el Episcopado de las distintas Iglesias locales de Europa” afirmaba: “no puedo silenciar el estado de crisis en el que se encuentra, al asomarse al tercer milenio”. “La crisis alcanza la vida civil como la religiosa. En el plano civil Europa se encuentra dividida... La vida civil se encuentra marcada por las consecuencias de ideologías secularizadas, que van desde la negación de Dios, o la limitación de la libertad religiosa o la preponderante importancia atribuida al éxito económico respecto a los valores humanos del trabajo y de la producción ; desde el materialismo y el hedonismo, que atacan los valores de la familia prolífica y unida, los de la vida recién concebida y la tutela moral de la juventud, a un “nihilismo” que desarma la voluntad de afrontar problemas cruciales como los de los nuevos pobres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, recto uso de los medios de información, 

La situación de nuestro continente que nos describe San Juan Pablo II en el ya lejano 1982, no ha mejorado, más bien al contrario, en algunos aspectos ha empeorado. Y con voz enérgica afirmaba: “Yo, obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades.” 

Sería un buen proyecto para el año que acabamos de comenzar, el emprender, cada uno desde su situación personal y social, esta reconstrucción de la unidad espiritual, revivir los valores auténticos, contribuir a que Europa vuelva a encontrarse. 

 Rafael Serrano Molina

lunes, 28 de diciembre de 2020

EL DESAFÍO CRISTIANO. Por Rafael Serrano Molina


Nos acercamos al final del año. Año para olvidar, dicen muchos. Un año que Dios nos ha dado, en el que también nos ha acompañado y nos ha dado muchas gracias, tal vez, ocultas a nuestros ojos, pero que sin duda nos puede haber servido de mucho, si hemos estado atentos a la voz de Dios. “Ahora bien: sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados” (Rm. 8, 28). Todavía, antes de terminar el año nos van a llegar noticias adversas. Ya sabemos que el Gobierno tiene previsto antes de la Navidad la aprobación definitiva de la nefasta Ley de Educación de la Ministra Celáa. A ello se añade la reciente aprobación en el Congreso de la tramitación de la ley de la eutanasia, que previsiblemente entre en vigor en los primeros meses del próximo año. El Gobierno en ninguno de ambos casos ha tenido una actitud dialogante, ha desoído a sectores de la sociedad afectados por estas leyes. En el caso de la Ley de Educación, no ha tenido sensibilidad para atender las reivindicaciones de asociaciones de padres de la enseñanza concertada y de la educación especial, no ha dialogado con profesores, ni con los titulares de centros de la enseñanza privada, ni ha oído a muchos ciudadanos e Instituciones que clamaban por la defensa de la Lengua Castellana. En cuanto a la Ley de eutanasia, tampoco ha escuchado a los Colegios de Médicos ni a otros sanitarios que rechazan esta práctica como ajena a su profesión. Mucho menos ha atendido la voz de la Iglesia Católica y de otras confesiones religiosas que consideran inmoral y rechazable la eutanasia. 

Esta realidad no puede en modo alguno desmoralizar a los cristianos, sino llevarnos a asumir el desafío de cambiar la sociedad. Cambiar la sociedad es posible. Ya lo hicieron los primeros cristianos en una sociedad pagana, como lo era la sociedad romana de los primeros siglos y además enfrentándose a la persecución y el martirio. Para hacer frente a este reto contamos con medios poderosísimos. En primer lugar contamos con la oración, siempre eficaz si nuestra fe es firme. En segundo lugar tenemos que pasar a la acción, que cada cristiano tiene que llevar a cabo según sus posibilidades, según su situación personal, según su iniciativa responsable. “Mediante el cumplimiento de los deberes civiles comunes, «de acuerdo con su conciencia cristiana», en conformidad con los valores que son congruentes con ella, los fieles laicos desarrollan también sus tareas propias de animar cristianamente el orden temporal, respetando su naturaleza y legítima autonomía, y cooperando con los demás, ciudadanos según la competencia específica y bajo la propia responsabilidad. Consecuencia de esta fundamental enseñanza del Concilio Vaticano II es que «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común», que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc.” No podemos olvidar tampoco la responsabilidad del cristiano que puede con su voto influir decisivamente en el curso de la vida política, como nos recuerda la NOTA DOCTRINAL de la Congregación para la Doctrina de la fe sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida pública: “En efecto, todos pueden contribuir por medio del voto a la elección de los legisladores y gobernantes y, a través de varios modos, a la formación de las orientaciones políticas y las opciones legislativas que, según ellos, favorecen mayormente el bien común.”

Rafael Serrano Molina

jueves, 3 de diciembre de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA XXVI. Instituciones económicas al servicio del hombre. Por Rafael Serrano


 
Vuelvo a retomar esta semana la Doctrina Social de la Iglesia, en este caso sobre el ahorro y consumo, tema que me parece importante en estas fechas. Espero que os sea útil, en la esperanza de que se acerque el alivio de las medidas restrictivas, y entre tanto nos preparemos con el Adviento a celebrar un año más la Navidad. 

La acción del Estado 

La acción del Estado y de los demás poderes públicos debe conformarse al principio de subsidiariedad y crear situaciones favorables al libre ejercicio de la actividad económica; debe también inspirarse en el principio de solidaridad y establecer los límites a la autonomía de las partes para defender al más débil. La solidaridad sin subsidiariedad puede generar fácilmente en asistencialismo, mientras que la subsidiariedad sin solidaridad corre el peligro de alimentar formas de localismo egoísta. 

La tarea fundamental del Estado en el ámbito económico es definir un marco jurídico apto para regular las relaciones económicas, con el fin de “salvaguardar las condiciones fundamentales de una economía libre, que presupone cierta igualdad entre las partes, nosea que una de ellas supere totalmente en poder a la otra que la pueda reducir prácticamente a esclavitud.” 

La función de los cuerpos intermedios 

El sistema económico-social debe caracterizarse por la presencia conjunta de la acción pública y privada, incluida la acción privada sin fines de lucro. Se configura así una pluralidad de centros de decisión y de lógicas de acción. La sociedad civil, organizada en cuerpos intermedios, es capaz de contribuir al logro del bien común poniéndose en una relación de colaboración y de eficaz complementariedad respecto al Estado y al mercado, favoreciendo así el favoreciendo así el desarrollo de una oportuna democracia económica. 

Ahorro y consumo 

Los consumidores, que en muchos casos disponen de amplios márgenes de poder adquisitivo, muy superiores al umbral de subsistencia, pueden influir notablemente en la realidad económica con su libre elección entre consumo y ahorro. 

La utilización del propio poder adquisitivo debe ejercitarse en el contexto de las exigencias morales de la justicia y la solidaridad, y de responsabilidades sociales precisas: no se debe olvidad “el deber de la caridad, esto es, el deber de ayudar con lo propio superfluo y, a veces, incluso con lo propio necesario, para dar al pobre lo indispensable para vivir”. 

Actualmente, en los países más desarrollados se extiende el consumismo como una forma de vida que nos lleva a valorar más el “tener” que el “ser”. Para contrarrestar este fenómeno es necesario esforzarse por construir “estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones”. Es innegable que las influencias del contexto social sobre los estilos de vida son notables: por ello el desafío cultural, que hoy presenta el consumismo, debe ser afrontado en forma más incisiva, sobre todo si se piensa en las generaciones futuras, que corren el riesgo de tener que vivir en un ambiente natural esquilmado a causa de un consumo excesivo y desordenado.” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. II, c. 7, nn351-360) 

Rafael Serrano Molina

sábado, 14 de noviembre de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA XXIV .Iniciativa privada y empresa. Por Rafael Serrano

Actualmente existe un debate en nuestra sociedad, espoleado por los partidos políticos que con frecuencia adoptan posturas enfrentadas, sobre el modelo de sistema económico que se debería implantar en nuestro país. Se contrapone el sector público al sector privado y se pretende el predominio o incluso la exclusividad de uno sobre otro. Así se contrapone la sanidad pública a la privada, la educación pública a la educación privada, la banca pública a la privada, etc…Sin embargo “es un hecho que el sector público y el privado no son sustitutivos y, menos aún, sustitutivos perfectos, sino que tienen un importante grado de complementariedad”, como afirma AlbertoNadal en un artículo de opinión publicado en www.eleconomista.es, 23 de enero de 2020. 

“Por tanto, una vez establecido que sector público y privado son necesarios simultáneamente y que se complementan entre sí, queda por establecer quién hace qué.” –concluye en su artículo A. Nadal. Es decir, lo que es necesario determinar y acordar es el papel que juega la iniciativa privada y el Estado para lograr la mayor eficacia en la producción de los bienes y en la prestación de los servicios, teniendo siempre como objetivo salvaguardar la libertad de la persona y perseguir el bien común. 

La Doctrina social de la Iglesia mantiene una postura equilibrada y razonable en este tema, de acuerdo con los principios morales fundamentales: la dignidad de la persona humana, el destino universal de los bienes y el principio de subsidiariedad, por el que el Estado debe intervenir allí y cuando la sociedad no pueda asumir autónomamente la iniciativa. 

Concretamente, “la Doctrina Social de la Iglesia considera la libertad de la persona en el campo económico un valor fundamental y un derecho inalienable que hay que promover y tutelar.” “El Estado tiene la obligación moral de imponer vínculos restrictivos sólo en orden a las incompatibilidades entre la persecución del bien común y el tipo de actividad económica puesta en marcha o sus modalidades de desarrollo.” 

“La dimensión creativa es un elemento esencial de la acción humana, también en el campo empresarial, y se manifiesta especialmente en la aptitud para elaborar proyectos e innovar: «Organizar ese esfuerzo productivo, programar su duración en el tiempo, procurar que corresponda de manera positiva a las necesidades que debe satisfacer, asumiendo los riesgos necesarios: todo esto es también una fuente de riqueza en la sociedad actual. Así se hace cada vez más evidente y determinante el papel del trabajo humano, disciplinado y creativo, y el de las capacidades de iniciativa y de espíritu emprendedor, como parte esencial del mismo trabajo.» Como fundamento de esta enseñanza hay que señalar la convicción de que «el principal recurso del hombre es, junto con la tierra, el hombre mismo. Es su inteligencia la que descubre las potencialidades productivas de la tierra y las múltiples modalidades con que se pueden satisfacer las necesidades humanas.» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. II, c. 7, 3, nn. 336-337) . 

 Rafael Serrano Molina

sábado, 24 de octubre de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA XXII. Por Rafael Serrano

 _Tras unas semanas en que la actualidad nos ha desviado de los temas de Doctrina Social de la Iglesia, vuelvo a retomarlos para seguir profundizando en esta riqueza doctrinal, que ha servido de inspiración incluso para muchas ideologías de izquierdas que reivindican como propias la justicia social, ya proclamada como señales de la llegada del Reino de Dios en toda la Sagrada Escritura. 

Hoy seguiré exponiendo la doctrina cristiana sobre la riqueza. ¿Es lícito poseer riquezas? ¿Es imposible salvarse siendo ricos, según las palabras de Jesús: “En verdad os digo: qué difícilmente entra un rico en el reino de los cielos. De nuevo os digo: es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los cielos.” (Mt. 19. 23-24). 

Por otra parte sabemos que la riqueza, todos los bienes materiales son dones que nos vienen de Dios, que pone a nuestro servicio: “Tomó, pues, Yavé Dios al hombre, y le pusoen el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase…” (Gen. 2, 15). 

“Los bienes, aun cuando son poseídos legítimamente, conservan siempre un destino universal. Toda forma de acumulación indebida es inmoral, porque se halla en abierta contradicción con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes.” 

Y ¿Cuándo se da una “acumulación indebida”? Se da acumulación indebida cuando los bienes que posee una persona no cumplen con su función. “Las riquezas realizan su función de servicio al hombre cuando son destinadas a producir beneficios para los demás y para la sociedad” «¿Cómo podríamos hacer el bien al prójimo –se pregunta Clemente de Alejandría- si nadie poseyese nada?» Las riquezas son un bien que viene de Dios: quien lo posee lo debe usar y hacer circular, de manera que también los necesitados puedan gozar de él; el mal se encuentra en el apego desordenado a las riquezas, en el deseo de acapararlas. San Basilio el Grande invita a los ricos a abrir la puerta de sus almacenes y exclama: «Un gran río se vierte en mil canales, sobre el terreno fértil: así por mil caminos, tú haces llegar la riqueza a casa de los pobres.»… El rico, dirá más tarde San Gregorio Magno, no es sino un administrador de lo que posee; dar lo necesario a quien carece de ello es una obra que hay que cumplir con humildad, porque los bienes no perteneces a quien los distribuye. Quien tenga su riqueza sólo para sí no es inocente; darlas a quien tiene necesidad significa pagar una deuda. 

Para terminar añadiré lo que el Santo Padre Francisco afirmó comentando la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. “el rico fue condenado a los tormentos del infierno, no por sus riquezas, sino por no compadecerse del pobre”. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. II, 7, nn 3328,329) 

Rafael Serrano Molina 

miércoles, 14 de octubre de 2020

A RÍO REVUELTO… por Rafael Serrano Molina

 _ Las aguas bajan revueltas, no cabe duda; tanto en la sanidad con la segunda ola del COVID-19 y su gestión, como en la política, economía y vida social. Pero, como dice el refrán : “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Y en estas aguas revueltas el gobierno anda pescando apoyos para sacar adelante sus proyectos. Está impulsando una ley de eutanasia, rechazada por gran parte de los ciudadanos, de los profesionales de la medicina, de personalidades de diversos ámbitos e ideologías, como ya he comentado la pasada semana. Plantea una Ley de Memoria Democrática, que lejos de tener el asentimiento de la mayoría ahonda en la división de los españoles. Se está cuestionando nuestro actual sistema democrático por parte de Ministros del Gobierno. 

Al ya tan discutido proyecto de ley de educación, conocido como ley Celáa, añade en su discusión parlamentaria enmiendas a propuestas de los partidos que sustentan al Gobierno, que atentan directamente contra la enseñanza concertada, restringiendo la libertad de elección de los padres, al proponer como criterios preferentes “la igualdad de oportunidades y proximidad al centro”. ¿Dónde quedará entonces la libertad de los padres para elegir la formación que deseen para sus hijos de acuerdo con el artículo 127 de la Constitución? Se trata, pues de un ataque directo a la libertad de los padres, que además, afectará sobre todo a las clases más desfavorecidas, pues, aquellas familias que disponen de más medios económicos, podrán elegir un centro privado para sus hijos, que no estará al alcance de una gran mayoría de familia que disponen de menos medios. Por si todo esto fuera poco, el Gobierno ha manifestado su intención de suprimir la exención del IVA a la enseñanza privada, gravándola con un 21%, medida ésta que hará aún más inasequible esta enseñanza a muchas familias y que, previsiblemente, no va a lograr una mayor recaudación, puesto que con ella muchos de los alumnos de la enseñanza privada se verán obligados a incorporarse a centros públicos, aumentando así considerablemente la inversión en la enseñanza pública y neutralizando el aumento de recaudación por IVA. 

Para terminar estas reflexiones deseo hacer una invitación a todos a leer la reciente Encíclica del Papa Francisco, Fratelli tutti, en la que hace un llamamiento a la unidad fraternal como la única forma de vivir con la dignidad de personas humanas. “ …cuando estaba redactando esta carta, irrumpió de manera inesperada la pandemia de Covid-19 que dejó al descubierto nuestras falsas seguridades. Más allá de las diversas respuestas que dieron los distintos países, se evidenció la incapacidad de actuar conjuntamente. 

Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Entre todos: «He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente. […] Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos! […] Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos».

martes, 6 de octubre de 2020

¿LIBRES PARA MORIR? . Por Rafael Serrano Molina

 


En los últimos días se han sucedido diversas declaraciones y manifiestos contra la ley de la eutanasia que, promovida por el Gobierno, se tramita en el Parlamento. 

Así el Consejo General de Colegios Médicos Oficiales en una declaración “reafirma su compromiso con la vida humana, la dignidad de la persona y el cuidado de la salud”, al mismo tiempo que insta al Gobierno a “la promulgación de una Ley General de Cuidados que garantice de forma integral, no solo los cuidados paliativos y la atención al final de la vida, sino que contemple también todos aquellos condicionantes sociales necesarios para proporcionar la mejor asistencia a aquellas personas que padecen una grave enfermedad orgánica o psíquica que les genera gran incapacidad y un sufrimiento insoportable”. 

Igualmente la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Españolaen una nota del pasado 14 de septiembreofrece una Reflexión a propósito de la tramitación de la ley sobre la eutanasia, en la que afirma que “No hay enfermos “incuidables”, aunque sean incurables” Nos dicen en esa nota: “El Congreso de los Diputados ha decidido seguir adelante con la tramitación de la Ley Orgánica de regulación de la eutanasia. Es una mala noticia, pues la vida humana no es un bien a disposición de nadie.” Esta nota se remite al Documento más amplio de la misma Conferencia Episcopal. “Sembradores de esperanza”en el que “se examinan los argumentos de quienes desean favorecer la eutanasia y el suicidio asistido, poniendo en evidencia su inconsistencia al partir de premisas ideológicas más que de la realidad de los enfermos en situación terminal.” A éstas se añade el manifiesto que el jueves pasado, día 24, se ha publicado en la prensa firmado por más de un centenar de personalidades de la sociedad civil: políticos de distintas ideologías, médicos, periodistas, académicos y empresarios para detener la ley de eutanasia, que, afirman en el manifiesto merece “el rechazo universal”. (Diario de Cádiz, jueves 14 de septiembre de 2020, pag. 41). 

Creo que con estos ejemplos queda suficientemente de manifiesto que es falsa la “demanda sostenida de la sociedad actual” con la que el Gobierno pretende justificar la tramitación de esta ley. Muy por el contrario, la demanda social es la de una Ley Integral de Cuidados de los enfermos en todas las etapas, incluso en la terminal, de su enfermedad. 

Me voy a permitir profundizar en la reflexión contenida en la Nota de la Conferencia Episcopal de que “la vida humana no es un bien a disposición de nadie.” En efecto, el hombre “no puede decidir eliminarse a sí mismo. Con ello estaría contradiciendo aquel principio ético, según el cual, en tanto que persona, ha de respetarse”. “…no me es lícito un uso de la libertad para destruir mi propia vida”.” A quien arrebata el poder de la muerte es al ser amado, al prójimo. Y cuando soy yo quien va a morir, lo más horrible es que dejo de ser definitivamente un “alguien” para otros que conmigo han vivido el amor, la amistad, el compañerismo… Matarme a mí, siempre es matar a otro en cuanto mi vida moral está unida ineludiblemente a mis semejantes (padres, amigos, compañeros, hijos...). Matarme a mí es destruir los lazos afectivos de los cuales yo no soy dueño ni soberano señor.” Podríamos aplicar al caso la sentida emoción de la sevillana del grupo Los del Río: “ Algo se muere en el alma cuando un amigo se va…” (Bonete Enrique. ¿Libres para morir? págs. 124 a 128. Desclée de Brouwer. Bilbao 2004).

Rafael Serrano Molina 

miércoles, 30 de septiembre de 2020

PROPUESTA CRISTIANA ANTE EL DOLOR Y LA MUERTE. Por Rafael Serrano Molina

 Para facilitar la relectura de este artículo, como sugería la pasada semana, me ha parecido oportuno editarla de nuevo. 

 El cristiano no es –no debe ser– insensible al dolor humano, especialmente al sufrimiento de cualquier ser humano en la fase final de su existencia terrena. Cristo se nos muestra en el Evangelio misericordioso ante el sufrimiento. Ante la viuda de Naim que ha perdido a su hijo, se conmueve y se lo devuelve con vida. “Él (Jesús) da pleno sentido a la vida y a la muerte, y abre el camino al amor, la esperanza y la misericordia” (Sembradores de esperanza. Documento de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida. 50.) 

 La eutanasia o el suicidio asistido no es la solución al dolor. El dolor se alivia con los adecuados cuidados paliativos. La ciencia médica actual ha desarrollado extraordinariamente la especialidad de la medicina paliativa “que contempla la situación del final de la vida desde una perspectiva profundamente humana, reconociendo su dignidad como persona en el marco del sufrimiento físico, psíquico, espiritual y social que el fin de la existencia humana lleva generalmente consigo.” (Id. 16) Sin embargo “la medicina paliativa no está suficientemente contemplada en la organización sanitaria española, y sería deseable que los poderes públicos reconocieran con mayor sensibilidad esa necesidad y la impulsaran decisivamente”. (Id. 17) 

Esto y no una Ley de Eutanasia es lo que sería más acorde con la dignidad de la persona humana y el valor de toda vida. 

 Resumiendo, podríamos decir que el enfermo terminal necesita alivio en su dolor y sufrimiento, acompañamiento en su soledad, consuelo humano y espiritual. Es lo que han de procurar los profesionales de la salud y los familiares y personas cercanas al enfermo y en su caso, un sacerdote. Por ello es necesaria la presencia del Sacerdote en los Hospitales, cuya asistencia al enfermo, si éste así lo solicita, es un derecho que debe respetarse.

martes, 22 de septiembre de 2020

DERECHO A UNA VIDA DIGNA . Por Rafael Serrano Molina

El pasado jueves el Congreso de los Diputados dio un paso más hacia la legalización de la eutanasia, al rechazar la enmienda a la totalidad a la ley propuesta por el PSOE, bajo la justificación del supuesto derecho a una “muerte digna”; al mismo tiempo, se rechazaba una ley alternativa de cuidados paliativos, propuesta por el PP Y VOX. 

Ya, en el pasado febrero, cuando se presentó el proyecto de ley, con el que el gobierno mostraba su determinación de sacar adelante el proyecto radical de imponer a la sociedad una visión materialista del hombre y de la vida humana, expresé en esta misma Hoja Parroquial unas reflexiones que tal proyecto me sugerían. Ahora deseo destacar la confrontación de ese supuesto derecho a una muerte digna al derecho real de una “vida digna”. 

El deber del Estado es el de permitir y facilitar a todos los ciudadanos una “vida digna”. El Estado tiene que respetar y hacer respetar la dignidad de toda persona humana y no hacerse cómplice de quienes vulneran la dignidad de la persona. La dignidad es una cualidad unida inseparablemente al ser humano, nace con el hombre, y permanece inviolable mientras el hombre esté vivo, y para los creyentes tras la muerte esa dignidad será elevada por Dios, su Creador, a su más alto grado. Por tanto, nadie, ni el Estado, ni profesional alguno de la medicina, ni familiares, ni si quiera el mismo sujeto puede moralmente vulnerar su dignidad, provocando su muerte, aun cuando se haga bajo el pretexto de evitar sufrimientos. Por el contrario, todo ser humano tiene derecho a vivir y a morir con dignidad. Esta dignidad a la hora de la muerte, exige, que la persona que se halla en ese duro trance, encuentre la atención médica que requiera para aliviar sus sufrimientos físicos, sentirse querido y acompañado de las personas a las que está unida por lazos de afectos familiares, de amistad…Además debe recibir atención sicológica y espiritual, (por eso, es un derecho de las personas poder contar con la asistencia de un sacerdote en hospitales, o de personas que presten las debidas atenciones espirituales acordes con sus creencias religiosas, derecho que algunos pretenden eliminar con el pretexto de la laicidad del Estado). Estos cuidados que se deben establecer y regular mediante una ley de cuidados paliativos, serán los que den paz, serenidad y consiguientemente encarar la muerte con una verdadera dignidad. 

En las reflexiones que exponía en mi artículo de febrero decía: “La ley se presenta como una ley garantista, con una serie de requisitos muy estrictos, pero la experiencia nos demuestra que una vez abierta la puerta a esta posibilidad cada vez se relaja más el control de los requisitos y se amplía su aplicación”. Hace unos días me ha estremecido el relato de una persona amiga que me comentaba los sufrimientos añadidos en la etapa final de su marido, al recibir por parte de un médico que le asistía una receta que según opinión de otro profesional de la medicina únicamente serviría para poner fin a su vida; incluso el médico que le asistía llegó a proponerle que dejara de suministrarle alimento y agua. Un caso como este, afortunadamente excepcional, nos puede hacer caer en la cuenta de que hasta tal punto puede llegar a relajarse la aplicación de la ley, que nos veamos expuestos a la decisión personal de quien debería cuidarnos, de modo que lo que hoy es excepcional, bajo el amparo de una ley injusta se convierta en lo normal. 

Para terminar les sugiero relean el artículo que publique en esta misma Hoja Parroquial el pasado 17 de febrero bajo el título: Propuesta cristiana ante el dolor y la muerte. 

domingo, 20 de septiembre de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA XXI: La vida económica. El hombre, pobreza y riqueza. Por Rafael Serrano

  En el Antiguo Testamento se encuentra una doble postura frente a los bienes económicos y la riqueza. Por un lado, de aprecio a la disponibilidad de bienes materiales considerados necesarios para la vida: en ocasiones, la abundancia –pero no la riqueza o el lujo- es vista como una bendición de Dios. En la literatura sapiencial, la pobreza se describe como una consecuencia negativa del ocio y de la falta de laboriosidad (cf. Prov. 10,4). Pero también como un hecho natural (cf. Prov. 22,2). Por otro lado, los bienes económicos no son condenados en sí mismos, sino por su mal uso. La tradición profética estigmatiza las estafas, la usura, la explotación, las injusticias evidentes, especialmente con los más pobres.

Esta tradición, si bien considera un mal la pobreza de los oprimidos, de los débiles, de los indigentes, ve también en ella un símbolo de la situación del hombre delante de Dios; de Él proviene todo bien como un don que hay que administrar y compartir. 

Quien reconoce su pobreza ante Dios, en cualquier situación que viva, es objeto de una atención particular por parte de Dios: cuando el pobre busca, el Señor responde; cuando grita, Él lo escucha. A los pobres se dirigen las promesas divinas: ellos serán los herederos de la alianza entre Dios y su pueblo. 

La pobreza cuando es aceptada o buscada con espíritu religioso, predispone al reconocimiento y a la aceptación del orden natural; en esta perspectiva, el “rico” es aquel que pone su confianza en las cosas que posee más que en Dios y que confía sólo en su fuerza. La pobreza se eleva a valor moral cuando se manifiesta como humilde disposición y apertura a Dios. Estas actitudes hacen al hombre capaz de reconocer lo relativo de los bienes materiales y de tratarlos como dones divinos que hay que administrar y compartir, porque la propiedad originaria de todos los bienes pertenece a Dios.

 Jesús asume toda la tradición del Antiguo Testamento también sobre los bienes económicos, sobre la riqueza y la pobreza, confiriéndole una definitiva claridad y plenitud. Él infundiendo su Espíritu y cambiando los corazones, instaura el “Reino de Dios”, que hace posible una nueva convivencia en la justicia, en la fraternidad, en la solidaridad y en el compartir. Liberado del mal y reincorporado en la comunión con Dios, todo hombre puede continuar la obra de Jesús con la ayuda del Espíritu: hacer justicia a los pobres, liberar a los oprimidos, consolar a los afligidos, buscar activamente un nuevo orden social, en el que se ofrezcan soluciones adecuadas a la pobreza material. 

A la luz de la Revelación, la actividad económica ha de considerarse y ejercerse como una respuesta agradecida a la vocación que Dios reserva a cada hombre. Éste ha sido colocado en el jardín para cultivarlo y custodiarlo, usándolo según unos límites bien precisos, con el compromiso de perfeccionarlo. 

La actividad económica y el progreso material deben ponerse al servicio del hombre y de la sociedad. 

La fe en Jesucristo permite una comprensión correcta del desarrollo social, en el contexto de un humanismo integral y solidario. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, II, 7, nn. 323-327) 

Rafael Serrano Molina 

jueves, 10 de septiembre de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA XX: Las novedades del mundo del trabajo. Por Rafael Serrano



 Después de haber dedicado los tres últimos artículos a exponer y reflexionar sobre los aspectos más lesivos y más discutidos de la LOMLOE (el proyecto de Ley de Educación de la Ministra Celáa), vuelvo a retomar el tema de la Doctrina Social de la Iglesia. 

El mundo del trabajo está sufriendo actualmente una profundísima transformación, equiparable al proceso de la “revolución industrial”, que convulsionó la sociedad del siglo XIX. Aquella situación dio lugar a la Encíclica “Rerum novarum” del Papa León XIII, primera sistematización de la Doctrina Social de la Iglesia. Las novedades que están dando lugar a los actuales cambios en la organización del trabajo son: 

La globalización: que permite experimentar formas nuevas de producción, trasladando las plantas de producción en áreas diferentes a aquellas en las que se toman las decisiones estratégicas y lejanas de los mercados de consumo. Una de las características de la nueva organización del trabajo es la fragmentación física del ciclo productivo, impulsada por el afán de conseguir mayor eficiencia y mayores beneficios. 

Consecuencias inadmisibles de esta nueva situación, si no se establece simultáneamente la necesaria globalización de la tutela, de los derechos mínimos esenciales y de la equidad, es la explotación no sólo de los recursos naturales de países en vías de desarrollo, sino de las personas de dichos países. “Entre las violaciones que se denuncian están: sueldos míseros, horas extras excesivas, empleo de trabajo infantil, contratos laborales desventajosos, precaria asistencia en salud y seguridad, prohibición de sindicatos, entre otros.” 

La innovación tecnológica: El trabajo, sobre todo en los sistemas económicos de los países más desarrollados, atraviesa una fase que marca el paso de una economía de tipo industrial a una economía esencialmente centrada en los servicios y en la innovación tecnológica. 

Gracias a las innovaciones tecnológicas, el mundo del trabajo se enriquece con nuevas profesiones, mientras otras desaparecen. En la actual fase de transición se asiste a un paso continuo de trabajadores de la industria a los servicios. Mientras pierde terreno el modelo económico y social vinculado a la gran fábrica y al trabajo de una clase obrera homogénea, mejoran las perspectivas ocupacionales en el sector de los servicios, del trabajo a tiempo parcial, a actividades interinas y atípicas, es decir, formas de trabajo que no se pueden encuadrar ni como trabajo dependiente ni como autónomo. 

La transición en curso significa el paso de un trabajo dependiente a tiempo determinado, entendido como puesto fijo, a un trabajo caracterizado por una pluralidad de actividades laborales; de un mundo laboral compacto, definido y reconocido, a un universo de trabajos variado, fluido, rico en promesas, pero también cargado de preguntas inquietantes, especialmente ante la creciente incertidumbre de las perspectivas de empleo, a fenómenos persistentes de desocupación estructural… Las exigencias de la competencia, de la innovación tecnológica y de la complejidad de los flujos financieros deben armonizarse con la defensa del trabajador y sus derechos. 

Ante las imponentes novedades el mundo del trabajo, la Doctrina Social de la Iglesia recomienda, ante todo, evitar caer en el error de considerar que los cambios en curso suceden de modo determinista. El factor decisivo y “el árbitro” de compleja fase de cambio es una vez más el hombre, que debe seguir siendo el verdadero protagonista de su trabajo. (Compendio de la doctrina social de la Iglesia. II, c. 6, 7, nn. 310-322) 

Rafael Serrano Molina

lunes, 24 de agosto de 2020

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA: LOMLOE. 2, Por Rafael Serrano



 
El proyecto de la Ley que presenta el Gobierno tiene como principal eje vertebrador la educación comprensiva. Este era el que establecía la LOE, que la nueva ley quiere restablecer. No obstante este es un planteamiento debatible y debatido por los técnicos en educación. 
La Ley Orgánica de Educación de 1990 (LOGSE) ya establece la escuela comprensiva como cauce para lograr la meta de un desarrollo del derecho a la educación. "Por escuela comprensiva se entiende una forma de enseñanza que ofrece a todos los alumnos de una determinada edad un fuerte núcleo de contenidos comunes dentro de una misma institución y una misma aula, y que evita de esta forma la separación de los alumnos en vías de formación diferente que puedan ser irreversibles. En ella se condensaban las aspiraciones de la igualdad de oportunidades, cultura superior y común para todos los alumnos y apertura a la diversidad dentro de una misma escuela". 
Así entendida la educación comprensiva parece que no debería ser objeto de discusión, sin embargo en la práctica se critica que “la comprensividad de la ESO… ha bajado los niveles de exigencia y rendimiento de los alumnos” y “también puede dar lugar a que determinados alumnos queden excluidos, al no encontrar su lugar propio en dicho currículum, con un tronco fuertemente común” (Antonio Bolívar, La escuela comprensiva en España: una revisión de su ciclo de desarrollo y crisis”. Facultad de Ciencias de la Educación. Granada). 
Un colectivo que puede verse excluido en un sistema de escuela comprensiva es el de aquellos alumnos que por sus circunstancias personales actualmente reciben su atención educativa en Centros de Educación Especial, como ha puesto de manifiesto la plataforma “Inclusiva, sí; Especial, también” : “Con la Lomloe, los centros de Educación Especial tendrán que actuar como centros de referencia y apoyo para los centros ordinarios, “sin que el proyecto de ley garantice ni su supervivencia ni su capacidad para atender al mismo número de alumnos”, ha señalado la plataforma en un comunicado.” 
Otro de los colectivos que no están atendidos en este proyecto de Ley es el de los alumnos con altas capacidades, como también lo ha manifestado la Asociación que representa a padres de estos alumnos: “La Asociación Española para Superdotados y con Talento (AEST), que lleva más de 25 años apoyando a las personas con altas capacidades y a sus familias, ha presentado varias alegaciones al nuevo proyecto de ley de Educación, para mejorar la situación en la que se encuentran estos alumnos. Sin embargo, ninguna de las propuestas ha sido recogida en el texto”. 
Para contar con un sistema educativo equitativo, de calidad y con una estabilidad que permita un adecuado desarrollo y evaluación del mismo sería necesario un acuerdo entre todos los factores de la educación: padres, profesores, centros educativos públicos y privados, administración y, en su caso, una representación cualificada de alumnos. 
Aún se está a tiempo de rectificar y dialogar para llegar a un pacto de Estado sobre la Educación. ¿Serán capaces nuestros políticos de aprovechar esta oportunidad y no dejarla pasar una vez más, frustrando las expectativas de los ciudadanos? 
Rafael Serrano Molina 

martes, 4 de agosto de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA XVII. Derechos de los trabajadores. Por Rafael Serrano


 Los derechos de los trabajadores, como todos los demás derechos, se basan en la naturaleza de la persona humana y en su dignidad trascendente. El Magisterio social de la Iglesia ha considerado oportuno enunciar algunos de ellos, indicando la conveniencia de su reconocimiento en los ordenamientos jurídicos: el derecho a una justa remuneración; el derecho al descanso; el derecho “a ambientes de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral”; el derecho a que sea salvaguardada la propia personalidad en el lugar de trabajo, sin que sean “conculcados de ningún modo en la propia conciencia o en la propia dignidad”; el derecho a subsidios adecuados e indispensables para la subsistencia de los trabajadores desocupados y sus familias; el derecho a la pensión, así como a la seguridad social para la vejez, la enfermedad y en caso de accidentes relacionados con la prestación laboral; el derecho a previsiones sociales vinculados a la maternidad; el derecho a reunirse y asociarse. Estos derechos son frecuentemente desatendidos, como confirman los tristes fenómenos del trabajo infrarremunerado, sin garantías ni representación adecuadas. Con frecuencia sucede que las condiciones de trabajo para hombres, mujeres y niños, especialmente en países en vías de desarrollo, son tan inhumanas que ofenden su dignidad y dañan su salud. El derecho a la justa remuneración. La remuneración es el instrumento más importante para practicar la justicia en las relaciones laborales. El “salario justo es el fruto legítimo del trabajo; comete una grave injusticia quien lo niega o no lo da a su debido tiempo y en la justa proporción al trabajo realizado. El salario es el instrumento que permite al trabajador acceder a los bienes de la tierra: “La remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común”. El derecho de huelga. La doctrina social reconoce la legitimidad de la huelga “cuando constituye un recurso inevitable, si no necesario para obtener un beneficio proporcionado”. Después de haber constatado la ineficacia de todas las demás modalidades para superar los conflictos. La huelga se puede definir como el rechazo colectivo y concertado, por parte de los trabajadores, a seguir desarrollando sus actividades, con el fin de obtener, por medio de la presión así realizada sobre los patronos, sobre el Estado y sobre la opinión pública, mejoras en sus condiciones de trabajo y en su situación social. La huelga debe ser siempre un método pacífico de reivindicación y de lucha por los propios derechos; resulta “moralmente inaceptable cuando va acompañada de violencias o también cuando se lleva a cabo en función de objetivos no directamente vinculados con las condiciones de trabajo o contrarios al bien común.” Aspectos éstos todos que deben presidir la legislación reguladora del derecho de huelga. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia II c. 6, nn 301-304) 
 Rafael Serrano Molina

martes, 21 de julio de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA XVI El derecho al trabajo. Por Rafael Serrano



El trabajo es un derecho fundamental y un bien para el hombre: un bien útil, digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana. La Iglesia enseña el valor del trabajo no sólo porque es siempre personal, sino también por el carácter de necesidad. El trabajo es necesario para formar y mantener una familia, adquirir el derecho a la propiedad y contribuir al bien común de la familia humana. La consideración de las implicaciones morales que la cuestión del trabajo comporta en la vida social, lleva a la Iglesia a indicar la desocupación como una verdadera «calamidad social», sobre todo en relación con las jóvenes generaciones.
El trabajo es un bien de todos, que debe estar disponible para todos aquellos capaces de él. La «plena ocupación» es, por tanto, un objetivo obligado para todo ordenamiento económico orientado a la justicia y al bien común. Una sociedad donde las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, «no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social». Una función importante y, por ello, una responsabilidad específica y grave, tienen en este ámbito las personas e instituciones capaces de orientar a nivel nacional e internacional, la política del trabajo y de la economía.
La capacidad propulsora de una sociedad orientada hacia el bien común y proyectada hacia el futuro se mide también, y sobre todo, a partir de las perspectivas de trabajo que puede ofrece. El alto índice de desempleo, la presencia de sistemas de instrucción obsoletos y la persistencia de dificultades para acceder a la formación y al mercado de trabajo constituyen para muchos, sobre todo jóvenes, un grave obstáculo en el camino de la realización humana y profesional. Quien está desempleado o subempleado padece, en efecto, las consecuencias profundamente negativas, que esta condición produce en la personalidad y corre el riesgo de quedar al margen de la sociedad y convertirse en víctima de la exclusión social. Además de los jóvenes, este drama afecta, por lo ge- neral, a las mujeres, a los trabajadores menos especializados, a los minusválidos, a los inmigrantes, a los ex-reclusos, a los analfabetos, personas todas que encuentran mayores dificultades en la búsqueda de una colocación en el mundo del trabajo.
La conservación del empleo depende cada vez más de las capacidades profesionales. El sistema de instrucción y de educación no debe descuidar la formación humana y técnica, necesaria para desarrollar con provecho las tareas requeridas.
Actualmente, cuando se está tramitando en el Congreso de los Diputados un proyecto de Ley de Educación [Ley Orgánica de Modificación de la LOE (LOMLOE)], la séptima Ley Educativa en los últimos 40 años, debería prestarse una muy especial atención al aspecto de la formación humana y técnica, para mejorar la capacitación profesional en orden a una mayor y mejor integración laboral de nuestros jóvenes. Tengo la intención de abordar próximamente en un artículo un análisis en profundidad de este proyecto de Ley de Educación.
Los problemas de la ocupación reclaman las responsabilidades del Estado, al cual compete el deber de promover políticas que activen el empleo, es decir, que favorezcan la creación de oportunidades de trabajo en el territorio nacional, incentivando para ello el mundo productivo. El deber del Estado no consiste tanto en asegurar directamente el derecho al trabajo de todos los ciudadanos, constriñendo toda la vida económica y sofocando la libre iniciativa de las personas, cuanto sobre todo en «secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis». Estas palabras de San Juan Pablo II en su Encíclica “Centésimus annus” de 1991, pare- cen dichas sobre la situación presente, amenazada por la crisis económica provocada por la pandemia del COVID-19. (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia. II, c.6 287-291)
16/07/2020
Rafael Serrano Molina

miércoles, 15 de julio de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA XV. Otras consideraciones en torno al trabajo. El trabajo, título de participación. Por Rafael Serrano

La relación entre trabajo y capital se realiza también mediante la participación de los trabajadores en la propiedad, en su gestión y en sus frutos. Ésta es una exigencia frecuentemente olvidada, que es necesario, por tanto, valorar mejor: debe procurarse que “toda persona, basándose en su propio trabajo, tenga pleno título a considerarse, al mismo tiempo, “copropietario” de esa especie de gran taller de trabajo en el que se compromete con todos. Un camino para conseguir esa meta podría ser el de dar vida a cuerpos sociales intermedios con finalidades económicas, sociales, culturales, que gocen de una autonomía efectiva respecto a los poderes públicos y persigan sus objetivos
específicos manteniendo relaciones de colaboración leal y mutua, con subordinación a las exigencias del bien común, y que ofrezcan forma y naturaleza de comunidades vivas en las que sus miembros sean considerados y tratados como personas y sean estimulados a tomar parte acti- va en dichas comunidades.”
Trabajo y propiedad privada.
El Magisterio social de la Iglesia estructura la relación entre trabajo y capital también respecto a la institución de la propiedad privada, al derecho y al uso de ésta.
La propiedad privada es un elemento esencial de una política económica auténticamente social y democrática y es garantía de un recto orden social. La doctrina social postula que la propiedad de los bienes sea accesible a todos por igual. Pero “la tradición cristiana nunca ha aceptado el derecho a la propiedad privada como absoluto e intocable.”. el derecho a la propiedad privada está subordinado al principio del destino universal de los bienes.
La propiedad privada y pública, así como los diversos mecanismos del sistema económico, deben estar predispuestas para garantizar una economía al servicio del hombre, de manera que contribuyan a poner en práctica el principio del destino universal de los bienes.
El descanso festivo
El descanso festivo es un derecho. “El día séptimo cesó Dios de toda la tarea que había hecho (Gen. 2,2): también los hombres creados a su imagen, deben gozar del descanso y tiempo libre para poder atender a la vida familiar, cultural, social y religiosa. A esto contribuye la institución del día del Señor. Los creyentes, durante el domingo y en los demás días festivos de precepto, deben abstenerse de “trabajos o actividades que impidan el
debido culto a Dios, la alegría propia del día del Señor, la práctica de las obras de misericordia y el descanso necesario del espíritu y del cuerpo”. (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia. II, c.6, nn.281-286)
Es muy recomendable releer la Carta Apostólica Dies Domini de San Juan Pa- blo II, de 31 de mayo de 1998 en relación al tema del descanso dominical: “hasta un pasado relativamente reciente, la «santificación» del domingo estaba favorecida, en los Países de tradición cristiana, por una amplia participación popular y casi por la organización misma de la sociedad civil, que preveía el descanso dominical como punto fijo en las normas sobre las diversas actividades laborales. Pero hoy, en los mismos Países en los que las leyes establecen el carácter festivo de este día, la evolución de las condiciones socioeconómicas a menudo ha terminado por modificar profundamente los comportamientos colectivos y por consiguiente la fisonomía del domingo. Se ha consolida- do ampliamente la práctica del «fin de semana», entendido como tiempo semanal de reposo, vivido a veces lejos de la vivienda habitual, y caracterizado a menudo por la participación en actividades culturales, políticas y deportivas, cuyo desarrollo coincide en general precisamente con los días festivos. Se trata de un fenómeno social y cultural que tiene ciertamente elementos positivos en la medida en que puede contribuir al respeto de valores auténticos, al desarrollo humano y al progreso de la vida social en su conjunto. Responde no sólo a la necesidad de descanso, sino también a la exigencia de «hacer fiesta», propia del ser humano. Por des- gracia, cuando el domingo pierde el significado originario y se reduce a un puro «fin de semana», puede suceder que el hombre quede encerrado en un horizonte tan restringido que no le permite ya ver el «cielo». Entonces, aunque vestido de fiesta, interiormente es incapaz de «hacer fiesta»[7].
A los discípulos de Cristo se pide de to- dos modos que no confundan la celebración del domingo, que debe ser una verdadera santificación del día del Señor, con el «fin de semana», entendido fundamentalmente como tiempo de mero descanso o diversión. A este respecto, urge una auténtica madurez espiritual que ayude a los cristianos a «ser ellos mismos», en plena coherencia con el don de la fe, dispuestos siempre a dar razón de la esperanza que hay en ellos (cf. 1 P 3,15). Esto ha de significar también una comprensión más pro- funda del domingo, para vivirlo, incluso en situaciones difíciles, con plena docilidad al Espíritu Santo. 6.Ante este panorama de nuevas situaciones y sus consiguientes interrogantes, pa- rece necesario más que nunca recuperar las motivaciones doctrinales profundas que son la base del precepto eclesial, para que todos los fieles vean muy claro el va- lor irrenunciable del domingo en la vida cristiana.“
Rafael Serrano Molina

domingo, 28 de junio de 2020

LAS OTRAS PANDEMIAS Por Rafael Serrano

 Felizmente y, gracias a Dios, estamos superando los momentos más crudos de la pandemia del COVID-19, aunque debemos mantener una prudente vigilancia para evitar, en cuanto podamos un rebrote de los contagios. Hemos pasado momentos de verdadero miedo, a veces incluso un tanto irracional. Hemos sentido la amenaza del contagio a nuestro lado, tras la puerta y en el vecino. Hemos aplaudido la entrega de sanitarios, personas de servicios básicos, Policías, Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Esta situación nos ha hecho más conscientes de nuestra fragilidad y de las limitaciones de nuestra naturaleza. Pero no podemos olvidarnos del pasado sin asimilar su enseñanza de cara al futuro, y cuestionarnos nuestra actitud ante grandes males que pesan sobre nuestro mundo, porque esta pandemia la hemos conocido y sentido muy de cerca como una amenaza personal, pero llevamos toda nuestra vida conviviendo con “otras pandemias”, a las que no nos hemos enfrentado personalmente, pero que han estado durante años y años causando millones de víctimas. En el año 2019, según Worldometer, se produjeron en el mundo más de 42,3 millones de abortos. El coronavirus, en el tiempo que redacto este escrito, ha causado 467.000 víctimas. Otras enfermedades prevenibles o curables como la malaria, 600.000 muertes al año, según la Organización Médica Mundial. Enfermedades de carácter diarreico, principalmente debido a las malas condiciones del agua a la que tienen acceso muchas poblaciones en países del tercer mundo causaron en 2017 1,6 millones de muertes. Y, aunque en menores proporciones, otras enfermedades que se podrían prevenir con planes de vacunación bien desarrollados también han causado muchas muertes evitables, como el sarampión, la difteria,… 
No podemos olvidar tampoco otra grave “pandemia” que en este siglo XXI y en países desarrollado se está incrementando cada día, me refiero al suicidio, con cerca de 800.000 muertes cada año, y lo que es más preocupante con una gran incidencia entre los jóvenes, llegando a ser la 3ª causa de muerte de los jóvenes entre los 15 y los 19 años. 
Como cristianos no podemos permanecer indiferentes ante estas realidades. Por eso creo que debemos preguntarnos qué estamos haciendo para cambiar esta situación. Podemos, por ejemplo, preguntarnos si nos manifestamos abiertamente defensores de la vida desde su concepción hasta la muerte natural, si apoyamos y colaboramos, según nuestras posibilidades, tanto difundiendo el derecho fundamental a la vida, como contribuyendo económicamente o personalmente con Asociaciones que defienden el derecho a la vida. Tenemos que plantearnos si nos estamos concienciando de las crisis humanitarias y sanitarias en países del tercer mundo e incluso países en vías de desarrollo y qué estamos aportando a la solución de estas crisis, por ejemplo a través de aportaciones a instituciones que están desarrollando programas de ayuda y planes de desarrollo en estos países, como Cáritas, Manos Unidas y otras. Estamos, precisamente en fechas en las que podemos hacer una aportación a través de nuestra declaración de la renta, marcando la casilla de Asignación Tributaria a la Iglesia Católica y la de otras Asociaciones con fines sociales. Creo que es la hora de la solidaridad. 

Rafael Serrano Molina

miércoles, 27 de mayo de 2020

EL PASADO 15 DE MAYO, SE CELEBRÓ EL DÍA INTERNACIONAL DE LAS FAMILIAS. por Rafael Serrano




DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA - X
            El pasado viernes día 15 se celebró el “Día internacional de las Familias”. El origen de esta importante fecha se establece a partir de los años ochenta, sin embargo, es en el año 1994 cuando es proclamada como oficial gracias a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Esto fue necesario, teniendo en cuenta que la familia es el núcleo central de cualquier sociedad  . La Doctrina Social de la Iglesia, como venimos exponiendo en estas notas que se publican en la Hoja Parroquial, ofrece un pensamiento coherente, sólido y práctico sobre lo que es la familia, lo que aporta a la persona humana y a la sociedad. Por ello debería ser escuchada y tenida en cuenta la voz de la Iglesia por Estados y Gobiernos que, no sin motivos, tienen seria preocupación por la familia. Sigo, pues, proponiendo algunas ideas de esta Doctrina Social sobre la familia.
            La familia es protagonista de la vida social. En primer lugar por la solidaridad que se manifiesta no sólo entre las personas que constituyen la familia, sino entre las distintas familias. La solidaridad pertenece a la familia como elemento constitutivo.
Es una solidaridad que puede asumir el rostro del servicio y de la atención a cuantos viven en la pobreza, a los huérfanos, a los minusválidos, a los enfermos, a los ancianos, a quien está de luto, a cuantos viven en la confusión, en la soledad, el abandono.
            Las familias pueden y deben ser también sujeto activo de la acción política, movilizándose para “procurar que las leyes y las instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y deberes de la familia. En este sentido, las familias deben crecer en la conciencia de ser “protagonistas” de la llamada “política familiar” y asumir la responsabilidad de transformar la sociedad”, de manera que la acción política de los legisladores y del Gobierno estuviera orientada desde una perspectiva de familia. Con este fin se ha de reforzar el asociacionismo familiar.
            Por otra parte la relación que se da entre la familia y la vida económica es particularmente significativa. El dinamismo de la vida económica se desarrolla a partir de la iniciativa de las personas y se realiza en redes cada vez más amplias de producción e intercambio de bienes y servicios, que involucran de forma creciente a las familias. La familia, por tanto, debe ser considerada protagonista esencial de la vida económica, orientada  no por la lógica del mercado, sino según la lógica del compartir y de la solidaridad entre las generaciones.
            Una relación muy particular une a la familia con el trabajo. El trabajo es esencial en cuanto representa la condición que hace posible la fundación de una familia, cuyos medios de subsistencia se adquieren mediante el trabajo. La aportación que la familia puede ofrecer a la realidad del trabajo es preciosa e insustituible. Se trata de una contribución que se expresa tanto en términos económicos como a través de los vastos recursos de solidaridad que la familia posee: apoyo para quien en la familia se encuentra sin trabajo; educación en el sentido del trabajo, orientación y apoyo ante las decisiones profesionales de sus miembros.
            Para tutelar esta relación entre familia y trabajo, un elemento importante que se ha de apreciar y salvaguardar es el salario familiar, salario suficiente que permita mantener y vivir dignamente a la familia.
            En la relación entre la familia y el trabajo, una atención especial se reserva al trabajo de la mujer en la familia, que implica también las responsabilidades del hombre como marido y padre. Por tanto las labores de cuidado familiar deben ser socialmente reconocidas y valoradas, incluso económicamente. Debe así mismo ser facilitada esta atención a la familia mediante una adecuada legislación que facilite la conciliación de la vida familiar y laboral. (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia. I, 2ª, 5, 246-251)

                                                                       Rafael Serrano Molina
                                                                                                                                 

martes, 19 de mayo de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (FAMILIA) – IX Por Rafael Serrano


Misión intransferible e insustituible de la familia es su tarea educativa, con la que forma al hombre en la plenitud de su dignidad, según todas sus dimensiones, comprendida la social. La familia constituye  <<una comunidad de amor y solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de los valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, esenciales para el desarrollo y bienestar de sus propios miembros y de la sociedad>>.  Cumpliendo con su misión educadora, la familia contribuye al bien común y constituye la primera escuela de virtudes sociales, de la que todas las sociedades tienen necesidad. La familia ayuda a que las personas desarrollen su libertad y su responsabilidad, premisas indispensables para asumir cualquier tarea en la sociedad.  Además, con la educación se comunican algunos valores fundamentales, que deben ser asimilados por cada persona, necesarios para ser ciudadanos libres, honestos y responsables.
                El derecho y el deber de los padres a la educación de los hijos se debe considerar como esencial; original y primario, respecto al deber educativo  de los demás, la sociedad, el Estado o cualquier otra institución; insustituible e inalienable, y, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros. Los padres tienen el derecho y el deber de impartir una educación religiosa y una formación moral a sus hijos: derecho que no puede ser cancelado por el Estado, antes bien, debe ser respetado y promovido, como así lo establece nuestra constitución en su artículo 27, al igual que otras Declaraciones y leyes internacionales adoptadas por España, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos (ONU), Declaración Universal de los Derechos del Niño (Naciones Unidas), Convenio Europeo de Derechos Humanos…
                Si bien los padres son los primeros educadores de sus hijos, no son los únicos. Por tanto han de ejercer su tarea educativa en estrecha y vigilante colaboración con los organismos civiles y eclesiales.  Los padres tienen el derecho a elegir los centros educativos que mejor respondan a sus propias convicciones. Las autoridades públicas tienen la obligación de garantizar este derecho y de asegurar las condiciones concretas que permitan su ejercicio.
                De todo esto se deduce el derecho que tienen los padres de fundar y sostener instituciones educativas. Por su parte, las autoridades públicas han de atender a que <<las subvenciones estatales se repartan de tal manera que los padres sean verdaderamente libres para ejercer su derecho, sin tener que soportar cargas injustas. Más aún, la Enseñanza en España, según nuestra Constitución es obligatoria y gratuita, condiciones éstas que aún están lejos de nuestra realidad social y a la que el Estado debería tender como objetivo prioritario.
                La familia tiene la responsabilidad de ofrecer una educación integral. En esta tarea son igualmente necesarias las funciones materna y paterna. Los padres tienen una particular responsabilidad en la esfera de la educación sexual de los hijos. Por ello tienen los padres la obligación de verificar las modalidades en que se imparte la educación sexual en las instituciones educativas, con el fin de que un tema tan importante y delicado sea tratado de forma apropiada. (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia.II, c.5238-245)
                                                     Rafael Serrano Molina

martes, 12 de mayo de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA – VIII FAMILIA. Rafael Serrano Molina


La familia es una auténtica comunidad de personas –tan necesaria en una sociedad cada vez más individualista–, gracias al incesante dinamismo del amor, dimensión fundamental de la experiencia humana. 
En la familia, gracias al amor, cada persona, hombre y mujer, es reconocida, aceptada y respetada en su dignidad. Del amor nacen las relaciones vividas como entrega gratuita que, «respetando y favoreciendo en todos y cada uno la dignidad personal como único título de valor, se hace acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio generoso y solidaridad profunda». La familia se convierte en la «primera e insustituible escuela de sociabilidad, ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más amplias en un clima de respeto, justicia, diálogo y amor». Este amor que incluye a todos los miembros de la familia se expresa también mediante la atención esmerada de los ancianos que viven en ella por parte de todos sus miembros. La presencia de los ancianos en la familia supone un gran valor. Constituyen una importante escuela de vida, capaz de transmitir valores y tradiciones y de favorecer el crecimiento de los mas jóvenes: éstos aprenden así a buscar no sólo el propio bien, sino también el de los demás.
La naturaleza del amor conyugal exige la estabilidad de la relación matrimonial y su indisolubilidad. La falta de estos requisitos perjudica la relación de amor exclusiva y total, propia del vínculo matrimonial, trayendo consigo graves sufrimientos y daños profundos para los hijos e incluso efectos negativos para la vida social. Por ello no se puede admitir como un bien social el divorcio, que introducido en las legislaciones civiles ha alimentado una visión relativista de la unión conyugal y se ha manifestado como una «verdadera plaga social». Igualmente están contribuyendo a la pérdida de la verdadera naturaleza del amor conyugal, del matrimonio y de la familia las teorías que consideran la identidad de género (la ideología de género) como un mero producto cultural y social..., con independencia de la identidad sexual personal y del verdadero significado de la sexualidad.
La familia fundada en el matrimonio es el santuario de la vida. La función de la familia es determinante e insustituible en la promoción y construcción de la cultura de la vida, contra la difusión de una «“anticivillización” destructora, como demuestran hoy tantas tendencias y situaciones de hecho» que nos están avocando a una desertización y envejecimiento de la población, especialmente en Europa y en los países del occidente más opulento, casi irreversibles.
La familia contribuye de modo eminente al bien social por medio de la paternidad y la maternidad responsables, formas peculiares de la especial participación de los cónyuges en la obra creadora de Dios. (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia II, 5, 230-237)