Con motivo del día de la mujer, 8 de marzo, que es el lunes, me ha parecido que es
importante por una parte dar un testimonio
claro de que la Iglesia está comprometida con
la defensa de la dignidad y derechos de la
mujer y al mismo tiempo invitar a una lectura
a la Encíclica de San Juan Pablo II "Mulieris
dignitatem" que es una magnífica síntesis y
explicación de la antropología cristiana en la
que se basa la dignidad de la mujer. La dignidad de la Mujer
El pasado lunes día 8, se celebró el día de la mujer. Tradicionalmente en este día tienen lugar
muchas manifestaciones reivindicando los
derechos de la mujer, la igualdad con el hombre, su defensa frente a toda clase de injusticias.
El presente año debido a las circunstancias de la pandemia estas manifestaciones no
serán permitidas en muchos lugares o tendrán
muchas limitaciones por exigencias de salud
pública y se sustituirán por manifiestos, manifestaciones telemáticas, declaraciones institucionales. Desde nuestra postura cristiana nos
sumamos a las legítimas reivindicaciones de
los derechos y de la dignidad de la mujer, a la
firme condena de todas las injusticias de las
que, con frecuencia, son víctimas. “En nuestro
tiempo la cuestión de los «derechos de la mujer» ha adquirido un nuevo significado en el
vasto contexto de los derechos de la persona
humana. Iluminando este programa, declarado
constantemente y recordado de diversos modos, el mensaje bíblico y evangélico custodia
la verdad sobre la «unidad» de los «dos», es
decir, sobre aquella dignidad y vocación que
resultan de la diversidad específica y de la
originalidad personal del hombre y de la mujer” – dice el Papa San Juan Pablo II en su
encíclica sobre la dignidad de la mujer
(Mulieris dignitatem), que invito a todos a leer
reposadamente porque en ella se expone con
profundidad el fundamento de la dignidad de
la mujer, y se explican las causas profundas
de las desigualdades e injusticias que actualmente y a lo largo de toda la historia ha sufrido la mujer.
“En el cristianismo, más que en ninguna
otra religión, la mujer tiene desde los orígenes
un estatuto especial de
dignidad, del cual el
Nuevo Testamento da
testimonio en no pocos
de sus importantes aspectos…” («San Pablo
VI. Discurso en el Convenio Nacional italiano
Femenino. 6.12.1976).
La antropología cristiana se basa en el
“principio bíblico” de la
esencial igualdad del
hombre y la mujer, creados ambos a “imagen
y semejanza de Dios”. Si tanto hombre como
mujer son “imagen y semejanza de Dios”, son
iguales en dignidad. “Cada hombre (y cada
mujer) es imagen de Dios como criatura racional y libre, capaz de conocerlo y amarlo.” Se
lee también en el Génesis que el hombre no
puede existir «solo»; puede existir solamente
como «unidad de los dos» y, por consiguiente, en relación con otra persona humana. Se trata
de una relación recíproca, del hombre con la
mujer y de la mujer con el hombre. Ser persona a imagen y semejanza de Dios comporta
también existir en relación al otro «yo». “El
hecho de que el ser humano, creado como
hombre y mujer, sea imagen de Dios no significa solamente que cada uno de ellos individualmente es semejante a Dios como ser racional y libre; significa además que el hombre
y la mujer, creados como «unidad de los dos»
en su común humanidad, están llamados a
vivir una comunión de amor y, de este modo,
reflejar en el mundo la comunión de amor que
se da en Dios, por la que las tres Personas se
aman en el íntimo misterio de la única vida
divina.”
El plan de Dios sobre el hombre y la mujer, “unidad de dos” se interrumpe por el pecado y en consecuencia, el hombre y la mujer
quedan sometidos a las pasiones, a una sexualidad desintegrada de la persona humana y al
afán de dominio sobre el otro. “Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará” (Gen.
3,16). “Este dominio indica la alteración y la
pérdida de la estabilidad de aquella igualdad
fundamental, que en la «unidad de los dos»
poseen el hombre y la mujer; y esto sobre
todo, con desventaja para la mujer, mientras
que sólo la igualdad, resultante de la dignidad
de ambos como personas, puede dar a la relación recíproca el carácter de una auténtica
«comunión de personas».
Jesucristo en su actuación muestra que
viene a restablecer el plan querido por Dios.
Así lo vemos en el trato que dispensa a las
mujeres con las que se encuentra a lo largo de
su vida.
La Redención de Cristo es la única y definitiva posibilidad de restablecer la igualdad
fundamental querida en el plan de Dios. Por
ello todos los cristianos estamos comprometidos en la misión de extender el Reino de Dios
en el mundo.
No me es posible en este corto espacio
exponer toda la antropología cristiana desarrollada en la Encíclica de San Juan Pablo II. He
pretendido sólo que estas líneas sean una invitación a la lectura de la misma, que fácilmente
pueden encontrar en Google, buscando
“Mulieris dignitatem”.
Rafael Serrano Molina