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sábado, 30 de mayo de 2020

El rejuvenecer del Águila. Por el P. Manolo

En esta mi bendita “clausura” del confinamiento, me trae el corazón a la memoria, junto a una multitud de gracias y gozos, alguna que otra adversidad del pasado. Y, meditando el famoso encuentro de los dos de Emaús con el “forastero” desconocido, tras el reproche - “necios y torpes para creer lo que dijeron los profetas”-, un interrogante me deja paralizado: “¿No era necesario que el Mesías padeciera esto…?”. ¿Necesario?
¡Cuánta luz de repente, Dios mío! ¿El cúmulo de sufrimientos devastadores (la traición, el proceso injusto, la tortura, la cruz -pena capital reservada a los esclavos-…) era necesario? De las minucias mías ya ni hablaremos, claro, pues caigo en la cuenta ahora de la naturalidad con que he vivido yo aquellas penillas mías del pasado. Y la explicación es clara, ¡el Águila!: “Os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí”.  Todo lo vivido no tenía otra finalidad que esa: “traerte a mí”, ¡la unión con Dios!
Y ahora el Águila se ha posado en alta montaña. Dicen que el águila dedica un tiempo a renovar su juventud, y lo hace en alta montaña. Toca, pues, aquí, rejuvenecer y ordenar el pensamiento. Inevitablemente, no cesa uno de mirar la devastación que el bichito ha provocado en pocos meses en nuestro mundo. Pienso en el mundo, pienso en el “Viejo Continente”, pienso en nuestra patria herida y probada en su misma entraña…
Todo me recuerda un famoso sermón de San Agustín del año 410. Cundía el pánico y la desazón entre su gente ante la noticia estremecedora de la caída del Imperio, un acontecimiento que “hizo temblar a los espíritus más fuertes del paganismo y de la cristiandad”. Aquel mundo antiguo moría de viejo. Se lo dice Agustín a sus fieles: “El mundo perece, el mundo envejece, el mundo se viene abajo y respira con dificultad a causa de su vejez: tos, pituita, oftalmia, congojas, fatiga (en su latín original esos males suenan más simpáticos). ¡Por necesidad, dice, tenían que multiplicarse los achaques!”.
(Años más tarde, Agustín llorará lágrimas amargas en su lecho de muerte sintiendo a las puertas de Hipona el asedio y la barbarie). Ahora le tocaba al Pastor alentar al rebaño: ¿Cómo afrontar aquella “vejez” que se les venía encima? Y responde con el salmo: “No temas; tu juventud se renovará como la del águila”. Roma no perece si no perecen los romanos. La tribulación será para nosotros lo que nosotros decidamos. Es fuego la tribulación, una prueba. Si somos oro, nos purificará; si somos paja, nos hará cenizas.
Le nace entonces a Agustín -el “águila de Hipona”- la idea de su gigantesca obra, la “Ciudad de Dios”: “Los hombres se definen por sus amores. Y lo mismo las sociedades”. Dos amores han hecho dos ciudades: el amor a Dios hasta el olvido de sí mismos, y el amor a sí mismos y al mundo, hasta el olvido y el desprecio de Dios. “Vea cada uno lo que ama, y descubrirá de dónde es ciudadano”.  Y, para demostrar a qué cuidad pertenecían sus fieles, ante la llegada de prófugos huidos de Italia, les suplica el obispo: “Compadeceos de los que padecen, recibid a los flacos, que abunde vuestra hospitalidad y se multipliquen vuestras buenas obras”. Buen ejemplo, solidaridad, servicio, amistad, vecindad, atención al que sufre, justicia, amor a todos…
¿Serán estas las virtudes de nuestra “ciudadanía”? ¿Qué dice y decide nuestro mundo? ¿Qué decidimos nosotros?  ¿Rejuveneceremos?

miércoles, 20 de mayo de 2020

“Agustino de clausura”

Es un “empleo” que tuve en alguna rara ocasión, obligado por uno de mis posoperatorios, pero entonces con dolores, sacrificado, y no de muy buena gana. Esta vez, en cambio, me ha llegado “el oficio” (así llamamos los frailes el destino que nos da el superior) indoloro, fecundo, luminoso, providencial.
Este tremendo bicho que se ha llevado la vida de tantos, no ha cesado de contagiar a muchos y ha metido a todos en casa, a mí, con lo de la “edad de riesgo”, me ha ofrecido la clausura. Soy, desde primeros de marzo, un “agustino de clausura”. La habitación es mi “celda”; la azotea, mi calle para pasear y tomar el sol; el oratorio, mi iglesia (¡qué bien se está!); el refectorio, el tiempo de la fraternidad. Porque los otros dos agustinos siguen siendo “de vida activa”, un poco menos, pero activa.
Y la cosa va en serio. Ahora valoro como nunca a las hermanas y hermanos, sobre todo hermanas, que viven en clausura. Horas de silencio. Horas largas de contemplación. Horas para descubrir ese tesoro que enamoró a San Agustín, la interioridad. Comprendo a este grande cuando escribió: “¿qué es mi corazón sino un corazón humano?”. Es que está todo ahí, en el corazón. Y están ahí todos los demás, presentes como nunca. Tengo dentro de mí eso que llaman “microcosmos”. Experimento que mi horizonte, al renunciar a los tratos inmediatos, en vez de acortarse, se alarga y, desde aquí, “se trata” profundamente con la humanidad entera; se piensa en el mundo, en sus problemas y sus miserias. Solo un mínimo de noticias para saber lo que pasa, pero sin entrar en enredos, ni polémicas, ni discusiones estériles. Los salmos se rezan de otra manera. Está llenos de luz. Habla Dios con una fuerza y una penetración de los problemas humanos que sobrecoge. ¡Dios, Dios, Dios! Nadie nos entiende como Él.
Solo tres ejemplos, de los últimos tres días.
1.- Día 18.  Creer en el amor de los demás. ¿El amor de los demás? Pienso lógicamente en el lío que se traen los políticos, sobre todo quienes ni de lejos piensan del amor lo que yo pienso. Le pido luz al Espíritu Santo, que en esta clausura “habla por los codos”, y mira lo que me dice: Si salimos todos de las manos del Creador ¿puedo yo dudar que esté sembrada en los corazones de los demás, como en el mío, su Bondad? Llegará el día de la cosecha. Ahora toca "cuidar el trigo y no perder la paz por la cizaña".

2.- Día 19. Salir de nosotros mismos para encontrarnos con hermanos. ¿Con hermanos? ¿No es ingenuo seguir pensando eso tan “bonito” de la fraternidad universal? ¿Yo, hermano de quiénes? Y me veo, y nos veo, atrapados en la visión miope de nuestras pobrísimas relaciones. ¿Me desprenderé yo de esa trampa? ¿Qué dice Dios? Y responde: ¡Cuánto "cordón umbilical" tendrás aún que "perder para ganar" la libertad de los hijos de Dios, y ver hermanos donde el "yo" dichoso se empeña en ver enemigos! Dos alas para volar, amor a Dios y amor al prójimo. Lo demás es todo relativo.

3.- Día 20. Descubrir detrás de cada circunstancia la mirada de Dios. Esto de la mirada de Dios me conmueve profundamente. Soy yo, pero somos todos. Dios nos mira a todos. ¡Ojalá no olvidara yo nunca esa mirada! Infelizmente puedo desinteresarme, incluso "jugar" a esconderme. Es inútil. Dios habita con nosotros, y espera pacientemente cruzar su mirada con la mía. ¿Hay mayor fuerza y mayor dignidad? (PM)