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miércoles, 23 de septiembre de 2020

AYUDAR A BIEN MORIR Por Emilio Alegre



Sé que algunos pensáis que la eutanasia es una necesidad, cuestión de libertad. Yo no, y pienso que traerá sufrimiento y deshumanización. Este es mi testimonio y mi opinión.

 En 2018 murió mi madre, tras dos años de una enfermedad muy difícil. Una médico de la familia que trata casos similares, nos dijo que había sido uno de los dos o tres casos más duros que había visto en su carrera. Mi madre lo llevó admirablemente, apoyada en Dios, aunque eso no le ahorró la dureza de la enfermedad ni los momentos de bajo ánimo. Afortunadamente, tuvimos una cuidadora magnífica que hacía más de lo que era su obligación.

Con esto, tuve contacto con los profesionales, médicos y enfermeros, que atienden a las personas en cuidados paliativos. En todo momento, nuestra preocupación y la suya fue atender, aliviar, acompañar... Profesionales con sabiduría médica nos dieron una buena clave: atender a las necesidades de cada día, planteándonos los problemas según fueran surgiendo, en cuanto a las curas, los analgésicos, la nutrición, la sedación... La enfermedad cansa, agota, y más una enfermedad así, pero eso no quita dignidad a las personas, todo lo contrario, a mi madre la hizo mejor.

Del contacto con esos profesionales sanitarios tengo mucho bueno que resaltar. Luchan en la batalla más dura de la Medicina, pero creo que también es una de las más bonitas y positivas, porque aportan muchísimo al paciente y a su familia. Valoran cada poco tiempo el dolor, ajustan el tratamiento, revisan la nutrición e hidratación, la adecuan a cada fase y posibilidad, hablan, asesoran, comparten opiniones sobre cuidados, y entre todos evitamos el encarnizamiento terapéutico inútil... Afortunadamente, pudimos lidiar con la enfermedad en casa, con mucho esfuerzo sobre todo de mi hermana, pues yo vivo a 600 Km. No puedo imaginar cómo lo pasarán en los casos en que no puedan pagarse un cuidador y tampoco tengan disponible un centro de paliativos en el que ingresar al paciente. Ni cómo pueden enfrentarse a esto los enfermos que están solos. Ahí se necesita un gran avance, no creo que haya muchas áreas de la sanidad donde una razonable inversión sea tan necesaria y beneficiosa.

Ahora se están poniendo sobre la mesa política la eutanasia y el suicidio asistido. Desde esta experiencia vital que acabo de contar, me parece una propuesta fuera de juego. Las soluciones a los problemas humanos son bastante más complejas, y no es que haya otras cosas antes -aunque ofrecer la eutanasia sin cuidados paliativos desarrollados es tremendo- o que tenga graves inconvenientes de aplicación... Es que matar al paciente no es solución.

Se proponen también ofrecer la eutanasia a los grandes inválidos y a pacientes con patologías crónicas que no soportan la vida. Todos disuadiríamos a alguien de tirarse desde una cornisa, pero ponerle una inyección a un tetraplégico se puede ver de otra manera. ¿Por qué? ¿Les estamos diciendo que su vida no es válida? ¿No tiene que ver ese juicio con la cosificación de la persona a la que estamos llegando? En cambio, hay personas que se dejan la piel, muchas de ellas otros tetraplégicos que han pasado por ello, para que quienes acaban de sufrir ese trauma puedan aceptar su estado y vivir una vida plena, humana. No les ayuda nada que la sociedad les dé este mensaje: "mejor, mátate". Psicológicamente, cualquier persona en un estado de debilidad así, pasa por fases muy duras antes de llegar a la aceptación; la tentación de la eutanasia es un mensaje inmisericorde, que no ayuda nada.

También es muy difícil cuidar a un familiar terminal, y más con el ritmo de vida que llevamos. Es evidente que la eutanasia ejercerá una presión sobre los enfermos, como si su obligación fuera quitarse de en medio y "dejar vivir" al resto; sin molestar, sin hacer gasto. Esto me parece algo realmente indigno de las personas, de las familias. Abre escenarios penosos para todos, que nos llevan por un camino equivocado.

A favor de la eutanasia están políticos de izquierdas y derechas. Sin embargo, la izquierda ha sabido rectificar en algunas cuestiones cuando se han dado cuenta de que realmente no beneficiaban a los más débiles, todo lo contrario, y que no eran banderas de libertad; hablo por ejemplo de la prostitución o de los vientres de alquiler. Las campañas contra esas dos realidades en los últimos años han venido mayoritariamente de la izquierda en este país, y creo que es algo muy acertado. Ojalá se rectifique a tiempo también en este punto.

Necesitamos políticos que nos lleven por buen camino y nos faciliten ser cada vez mejores y más solidarios, llevando una vida más auténtica, humana y personal, dentro del materialismo y despersonalización reinantes. Necesitamos políticos que nos ayuden con soluciones verdaderamente positivas, las que evidentemente hacen falta: facilitar ayudas y cuidados a quien no los tiene, promocionar los cuidados paliativos para todos. Necesitamos políticos que escuchen a las personas, a sus familias y a los profesionales que las cuidan, que merecen algo mucho mejor. Ojalá quienes apoyan la eutanasia y el suicidio asistido, como una solución al sufrimiento que creo falsa, impersonal y simplista, se den cuenta del mal y el sufrimiento que pueden provocar. Probablemente, hoy piensen que van a ayudar mucho a los pacientes con la eutanasia; quizá tampoco tengan tiempo ni ocasión de pararse a pensar y ver mucho más. Espero que la gente corriente, que tantas veces actúa de forma heroica en su día a día cuando llega la dificultad de verdad, les ayude a verlo.

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jueves, 10 de septiembre de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA XX: Las novedades del mundo del trabajo. Por Rafael Serrano



 Después de haber dedicado los tres últimos artículos a exponer y reflexionar sobre los aspectos más lesivos y más discutidos de la LOMLOE (el proyecto de Ley de Educación de la Ministra Celáa), vuelvo a retomar el tema de la Doctrina Social de la Iglesia. 

El mundo del trabajo está sufriendo actualmente una profundísima transformación, equiparable al proceso de la “revolución industrial”, que convulsionó la sociedad del siglo XIX. Aquella situación dio lugar a la Encíclica “Rerum novarum” del Papa León XIII, primera sistematización de la Doctrina Social de la Iglesia. Las novedades que están dando lugar a los actuales cambios en la organización del trabajo son: 

La globalización: que permite experimentar formas nuevas de producción, trasladando las plantas de producción en áreas diferentes a aquellas en las que se toman las decisiones estratégicas y lejanas de los mercados de consumo. Una de las características de la nueva organización del trabajo es la fragmentación física del ciclo productivo, impulsada por el afán de conseguir mayor eficiencia y mayores beneficios. 

Consecuencias inadmisibles de esta nueva situación, si no se establece simultáneamente la necesaria globalización de la tutela, de los derechos mínimos esenciales y de la equidad, es la explotación no sólo de los recursos naturales de países en vías de desarrollo, sino de las personas de dichos países. “Entre las violaciones que se denuncian están: sueldos míseros, horas extras excesivas, empleo de trabajo infantil, contratos laborales desventajosos, precaria asistencia en salud y seguridad, prohibición de sindicatos, entre otros.” 

La innovación tecnológica: El trabajo, sobre todo en los sistemas económicos de los países más desarrollados, atraviesa una fase que marca el paso de una economía de tipo industrial a una economía esencialmente centrada en los servicios y en la innovación tecnológica. 

Gracias a las innovaciones tecnológicas, el mundo del trabajo se enriquece con nuevas profesiones, mientras otras desaparecen. En la actual fase de transición se asiste a un paso continuo de trabajadores de la industria a los servicios. Mientras pierde terreno el modelo económico y social vinculado a la gran fábrica y al trabajo de una clase obrera homogénea, mejoran las perspectivas ocupacionales en el sector de los servicios, del trabajo a tiempo parcial, a actividades interinas y atípicas, es decir, formas de trabajo que no se pueden encuadrar ni como trabajo dependiente ni como autónomo. 

La transición en curso significa el paso de un trabajo dependiente a tiempo determinado, entendido como puesto fijo, a un trabajo caracterizado por una pluralidad de actividades laborales; de un mundo laboral compacto, definido y reconocido, a un universo de trabajos variado, fluido, rico en promesas, pero también cargado de preguntas inquietantes, especialmente ante la creciente incertidumbre de las perspectivas de empleo, a fenómenos persistentes de desocupación estructural… Las exigencias de la competencia, de la innovación tecnológica y de la complejidad de los flujos financieros deben armonizarse con la defensa del trabajador y sus derechos. 

Ante las imponentes novedades el mundo del trabajo, la Doctrina Social de la Iglesia recomienda, ante todo, evitar caer en el error de considerar que los cambios en curso suceden de modo determinista. El factor decisivo y “el árbitro” de compleja fase de cambio es una vez más el hombre, que debe seguir siendo el verdadero protagonista de su trabajo. (Compendio de la doctrina social de la Iglesia. II, c. 6, 7, nn. 310-322) 

Rafael Serrano Molina

miércoles, 9 de septiembre de 2020

¿Cambiará el coronavirus nuestras vidas? Por José Antonio Hernández

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Francesc Torralba

Vivir en lo esencial. Ideas y preguntas después de la pandemia

Barcelona, Plataforma Editorial, 2020

La perplejidad es, en mi opinión, la reacción más generalizada tras la invasión mundial del tsunami del coronavirus. Nos sentimos desconcertados, asustados y, a veces, aturdidos por este golpe que ha derribado, de manera implacable, unos modelos individuales y colectivos de vida que creíamos seguros, estables e infalibles. El impacto está siendo tan profundo que hasta nos resulta difícil que nos formulemos preguntas sobre lo que nos está ocurriendo y, por lo tanto, que seamos capaces de responderlas de manera coherente. En mi opinión, el acierto de este oportuno, riguroso e interesante libro radica en la habilidad con la que el autor -prestigioso filósofo y teólogo- señala los síntomas, en la profundidad con la que formula sus diagnósticos y, sobre todo, en la claridad con la que nos proporciona unas razonables orientaciones para que afrontemos sus previsibles efectos.

Partiendo de la constatación de las consecuencias que él vislumbra en el horizonte, y de la observación de los sufrimientos que están causando en muchas familias, llega a la conclusión de que se avecina una verdadera “catástrofe”, pero reconoce que esta crisis nos está permitiendo redescubrir importantes valores como el cuidado, la escucha, la gratitud, la humildad, la solidaridad, la paciencia, la perseverancia frente al mal, la cooperación intergeneracional, la generosidad y la entrega, unos bienes que, en la práctica, no ocupaban lugares relevantes en nuestra sociedad

¿Cambiará nuestra vida esta crisis? El profesor Torralba advierte que la incertidumbre del futuro social, económico, laboral, educativo, cultural, sanitario y espiritual es patente. Tras sus agudos análisis llega a la conclusión de que los cambios serán inevitables. Nos propone que repensemos nuestra actual manera de vivir, de relacionarnos, de producir y de consumir, y, además, nos invita a que imaginemos un futuro distinto, a que soñemos otro mundo posible para nosotros y para las generaciones venideras. Describe con detalle cómo los diferentes entramados sociales están cambiando porque ya somos conscientes de que, por ejemplo, se “volatilizan” los empleos, las empresas, las organizaciones, las celebraciones, las competiciones y los espectáculos. Efectivamente, por muy poco reflexivos que seamos, ya sabemos que todos somos interdependientes, frágiles y vulnerables.

En la segunda parte identifica las diferentes respuestas emocionales que esta crisis ha generado: sorpresa, desconcierto, rebelión, resignación y, finalmente, aceptación: no hemos tenido más remedio que “aceptar la realidad y asumirla con todas sus consecuencias”. Es posible que hayamos aprendido a mirar con atención -a “contemplar”- a los que se cruzan en nuestras vidas, a ver lo mismo pero de otra manera. Oportunas son, a mi juicio, sus detalladas explicaciones de los valores de los rituales, esos lenguajes corporales que expresan de manera directa nuestros mejores sentimientos, esas herramientas eficientes para evocar emociones colectivas, valores compartidos y creencias arraigadas. Muy oportunos son sus análisis de los cambios de valoración de otros valores como, por ejemplo, la importancia de la tarea de cuidar. De manera contundente afirma que tenemos que articular liderazgos fundados en el cuidado, y políticas públicas centradas en el cuidado de los ciudadanos en especial, de los más frágiles.

De imprescindible lectura son, sin duda alguna, las “siete cartas para el día después” dirigidas respectivamente a las madres, a las maestras, a los profesionales de la salud, a los políticos, a los profesionales del mundo social, a las personas mayores y a los jóvenes. Todas sus propuestas están fundamentadas, orientadas y alentadas por una honda esperanza. Es posible que, tras la atenta lectura de este oportuno libro, lleguemos a la conclusión de que, como indica el título, a partir de ahora nos sentiremos obligados a Vivir en lo esencial.

José Antonio Hernández Guerrero

martes, 1 de septiembre de 2020

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA: LOMLOE. y 3 Por Rafael Serrano


 En anteriores artículos he expuesto algunos de los puntos negros que, a mi juicio, encontramos en el proyecto de la ley Celáa (LOMLOE). Hay otros aspectos de la ley que son problemáticos y cuestionado por muchos sectores de la sociedad, como pueden ser la posibilidad de obtener el título de la ESO o de Bachillerato sin haber aprobado todas las asignaturas del curriculum, o la falta de garantías en la defensa de la lengua española, idioma oficial y obligatorio en todo el territorio nacional, cediendo su regulación a determinadas comunidades autónomas. También ha sido muy criticada la supresión de la “demanda social” para la planificación de la enseñanza, quedando afectada la libertad de los padres para la elección del Centro que deseen para sus hijos, derecho éste reconocido en la Constitución (art. 27.3). 

Dejando, pues, apuntadas estas cuestiones, en este artículo, que será el último voy a comentar un aspecto que creo es gravemente lesivo para una parte muy considerable de la sociedad. Me refiero a la enseñanza de la Religión Católica en la Educación Primaria, en la Educación Secundaria y en el Bachillerato. 

La Religión queda configurada en el proyecto de Ley como una materia de oferta obligada por parte de los Centros, pero de libre elección de los alumnos o sus padres o tutores. Esta asignatura no tendría otra materia (materia espejo) que deberían cursar los que no la eligieran, de manera que los que eligieran la asignatura de Religión tendrían una hora más de clase que los que no la eligieran y que por tanto en esa hora podrían tener tiempo libre de recreo o podrían ir a sus casas. ¿No es esto poner una traba a la clase de Religión? ¿Qué chico o chica con 14 o 15 años no estaría tentado a no elegir la Religión para poder disponer así de una hora más de tiempo libre? 

Por otra parte esta asignatura no sería ni evaluable ni computable para la nota media ni para la obtención de beca. Esto significa exigir a los alumnos un esfuerzo académico que no sería compensado con un reflejo en sus notas ni en su demanda de beca, lo que es a todas luces injusto. Además significaría una clara devaluación de esta asignatura, que a los ojos de alumnos y de la sociedad en general perdería su verdadero valor formativo. Se la consideraría como lo que antes se llamaba una “maría”. 

En el proyecto de Ley se habla, conforme a lo establecido en la Constitución, de dar a los niños y jóvenes una formación integral y si no se imparte una asignatura que forme a los chicos y chicas en un sentido trascendente de su propia existencia la formación adolecerá de una grave deficiencia. 

Por otra parte lo que se establece en el proyecto de Ley sobre la asignatura de Religión contraviene claramente lo acordado por el Estado Español y la Iglesia Católica en el Concordato de 1976, aún vigente, en su artículo II: “Los planes educativos en los niveles de Educación Preescolar, de Educación General Básica (EGB) y de Bachillerato Unificado Polivalente (BUP) y Grados de Formación Profesional correspondientes a los alumnos de las mismas edades, incluirán la enseñanza de la religión católica en todos los Centros de Educación, en condiciones equiparables a las demás disciplinas fundamentales. 

Por respeto a la libertad de conciencia, dicha enseñanza no tendrá carácter obligatorio para los alumnos. Se garantiza, sin embargo, el derecho a recibirla. [...]” 

A los padres que deseamos para nuestros hijos una formación religiosa católica, como es nuestro derecho, nos toca hacer todo lo que esté en nuestras manos para que esta Ley y cualquier otra ley de educación no lesionen este derecho. Así, pues, debemos hacer llegar a nuestros representantes políticos nuestra exigencia de que se respete este derecho, debemos manifestar nuestra opinión en los medios de comunicación, apoyar cualquier manifestación en defensa de este derecho y hacerlo por cualquier otro medio legítimo y legal. 

Rafael Serrano Molina

lunes, 24 de agosto de 2020

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA: LOMLOE. 2, Por Rafael Serrano



 
El proyecto de la Ley que presenta el Gobierno tiene como principal eje vertebrador la educación comprensiva. Este era el que establecía la LOE, que la nueva ley quiere restablecer. No obstante este es un planteamiento debatible y debatido por los técnicos en educación. 
La Ley Orgánica de Educación de 1990 (LOGSE) ya establece la escuela comprensiva como cauce para lograr la meta de un desarrollo del derecho a la educación. "Por escuela comprensiva se entiende una forma de enseñanza que ofrece a todos los alumnos de una determinada edad un fuerte núcleo de contenidos comunes dentro de una misma institución y una misma aula, y que evita de esta forma la separación de los alumnos en vías de formación diferente que puedan ser irreversibles. En ella se condensaban las aspiraciones de la igualdad de oportunidades, cultura superior y común para todos los alumnos y apertura a la diversidad dentro de una misma escuela". 
Así entendida la educación comprensiva parece que no debería ser objeto de discusión, sin embargo en la práctica se critica que “la comprensividad de la ESO… ha bajado los niveles de exigencia y rendimiento de los alumnos” y “también puede dar lugar a que determinados alumnos queden excluidos, al no encontrar su lugar propio en dicho currículum, con un tronco fuertemente común” (Antonio Bolívar, La escuela comprensiva en España: una revisión de su ciclo de desarrollo y crisis”. Facultad de Ciencias de la Educación. Granada). 
Un colectivo que puede verse excluido en un sistema de escuela comprensiva es el de aquellos alumnos que por sus circunstancias personales actualmente reciben su atención educativa en Centros de Educación Especial, como ha puesto de manifiesto la plataforma “Inclusiva, sí; Especial, también” : “Con la Lomloe, los centros de Educación Especial tendrán que actuar como centros de referencia y apoyo para los centros ordinarios, “sin que el proyecto de ley garantice ni su supervivencia ni su capacidad para atender al mismo número de alumnos”, ha señalado la plataforma en un comunicado.” 
Otro de los colectivos que no están atendidos en este proyecto de Ley es el de los alumnos con altas capacidades, como también lo ha manifestado la Asociación que representa a padres de estos alumnos: “La Asociación Española para Superdotados y con Talento (AEST), que lleva más de 25 años apoyando a las personas con altas capacidades y a sus familias, ha presentado varias alegaciones al nuevo proyecto de ley de Educación, para mejorar la situación en la que se encuentran estos alumnos. Sin embargo, ninguna de las propuestas ha sido recogida en el texto”. 
Para contar con un sistema educativo equitativo, de calidad y con una estabilidad que permita un adecuado desarrollo y evaluación del mismo sería necesario un acuerdo entre todos los factores de la educación: padres, profesores, centros educativos públicos y privados, administración y, en su caso, una representación cualificada de alumnos. 
Aún se está a tiempo de rectificar y dialogar para llegar a un pacto de Estado sobre la Educación. ¿Serán capaces nuestros políticos de aprovechar esta oportunidad y no dejarla pasar una vez más, frustrando las expectativas de los ciudadanos? 
Rafael Serrano Molina 

domingo, 23 de agosto de 2020

José María Castillo: "¿Con esta religión y esta explicación del Evangelio, a dónde vamos?"


"Los que mejor viven son cada día menos, al tiempo que los desamparados van en aumento, hasta el punto de que nos llevamos las manos a la cabeza porque en España han muerto treinta personas por el virus, el mismo día que, en el llamado “tercer mundo”, han muerto treinta mil de hambre y miseria"

"¿Cómo se explica que haya tanta gente que prefiere una fiesta, un botellón o una juerga, en una discoteca, aunque eso le cueste salir infestado con el virus que a todos nos asusta?"

Todos sabemos de sobra que la pandemia de el coronavirus es una amenaza, que nos causa inseguridad y pavor. Esto no necesita mucha explicación. Lo estamos viviendo.

Pero no sólo esto es lo que estamos viviendo. Además de la amenaza, quizás con más fuerza que esa misma amenaza, también estamos experimentando una experiencia que nos humaniza.

La amenaza es algo tan evidente, que todos la palpamos. La humanización, por el contrario, no está tan clara. Porque somos demasiados los que ni nos damos cuenta del desnivel tan profundo de deshumanización que estamos viviendo. Y es que no es un problema de buenos y malos. Es un problema cultural.

Hemos nacido, hemos crecido y vivimos en una sociedad y una cultura que nos mete, hasta en las venas de esta sociedad y esta cultura, hasta el convencimiento natural y espontáneo, que lo que importa en la vida, es ganar dinero y ser importante. Porque ésos son los pilares sobre los que se edifica – según piensan muchos - lo que nos tiene que interesar a todos. Vivir con solidez y seguridad. Y tener los medios más eficaces para pasarlo lo mejor posible.

O sea, es un proyecto de vida en el que el sujeto se centra en sí mismo. Y el centro de la vida está en él mismo. Un proyecto de vida, que se alimenta de la economía, de la política, de la religión, del oficio que cada cual tiene, de la familia en la que nace, de los parientes a los que quiere tanto o de los que se avergüenza. Todo, todo, absolutamente todo, al servicio de mi buen vivir. Y el que se quede atrás, que apriete el paso.

En esta sociedad y en esta cultura, hemos nacido, nos han educado y, al servicio de este proyecto de vida, está organizado todo lo demás. No digo que todos los ciudadanos sean así y vivan así. Ni pueden ser así. Porque la consecuencia más fuerte, que se sigue de lo dicho, es precisamente la desigualdad. En esta sociedad, en la que tanta importancia tienen las libertades, inevitablemente el pez grande se come al pez chico. Y la consecuencia es que la economía, la riqueza y el bienestar se van concentrando, cada día más y más, en menos y menos privilegiados. Al tiempo que los más desgraciados crecen y crecen en más y mayor desamparo. De forma que los que mejor viven son cada día menos, al tiempo que los desamparados van en aumento, hasta el punto de que nos llevamos las manos a la cabeza porque en España han muerto treinta personas por el virus, el mismo día que, en el llamado “tercer mundo”, han muerto treinta mil de hambre y miseria.Esto no tiene pies ni cabeza. Y nosotros: ¡angustiados por la pandemia! Lo cual es perfectamente comprensible. Pero me atrevo a decir que la pandemia tiene algo positivo: ha venido a decirnos que tenemos que repensar – y repensar muy a fondo – qué cultura, qué sociedad, qué economía, qué política, qué valores, qué derecho, qué religión… qué forma de vivir (en definitiva) hemos organizado, hasta lo más natural del mundo, cuando en realidad, esto es la deshumanización más salvaje que se ha podido inventar. Y si no, ¿cómo se explica que haya tanta gente que prefiere una fiesta, un botellón o una juerga, en una discoteca, aunque eso le cueste salir infestado con el virus que a todos nos asusta?

Y ya – puestos a decir – como yo he dedicado mi vida a lo de la religión y la teología, me pregunto (impresionado y hasta asustado) cómo es posible que, ante este panorama, haya tantos clérigos (carcas y progres, de derechas, de centro y de izquierdas) que se ponen a explicar el Evangelio y yo no sé lo que dicen, pero el hecho es que demasiada gente sale de la Iglesia más tranquila en su conciencia, pero pensando como pensaba antes del sermón. Con razón se ha dicho que “la experiencia religiosa de todos nosotros ya no es de fiar”. Y no es de fiar, porque nos afianza en el convencimiento de que lo que importa es que se acabe la pandemia, se recupere la buena vida y el lujo. Y los cientos de millones, que se mueren de hambre, que se apañen como puedan. Pero que no vengan aquí a molestar.

Y yo me pregunto: ¿con esta religión y esta explicación del Evangelio, a dónde vamos? Es que, ni la espantosa desgracia de la pandemia, modifica nuestra manera de pensar en cuanto se refiere a lo que nos humaniza. Y a lo que nos deshumaniza.

El futuro está claro: saldremos de la pandemia. De lo que me temo que no vamos a salir es de nuestra manera de pensar y de vivir la importancia del dinero y la recuperación del buen vivir. Por más que los más desgraciados sean más y más desgraciados cada día.    

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sábado, 22 de agosto de 2020

Cuando la vida se vuelve conversación. Por María Hernández Martínez

 


Papá se hace viejo. 

Ambos necesitamos ponernos a salvo del tiempo. Dejamos que la vida tome forma de conversación y nos asomamos a un recuerdo que se ensancha un poco hasta volverse memoria de dos.

«Tengo muchas historias que contar». Últimamente, esta frase acompaña cada paseo y vino que compartimos. No lo dice porque sea un hombre que haya corrido mucho mundo, tampoco lo envuelve un tono ostentoso ni aleccionador al pronunciarlo. Papá sencillamente se hace viejo y sabe muy bien que hace algunas décadas cruzó los cincuenta, esa especie de ecuador inexacto de la esperanza de vida que suponen las estadísticas y que es garantía de nada.Siempre he escuchado con atención, pero ahora estos ratos están teñidos de un interés y una paciencia especial por mi parte. Me bullen las preguntas y con frecuencia me sorprendo repitiendo mentalmente algún dato de los que me confía. Otras, dudo directamente de mi capacidad de retener y me escabullo para tomar nota. Aunque es inevitable, pensar que esos pequeños accidentes y contingencias pudieran caer en el olvido produce cierto desasosiego. Tal vez sea porque, en el fondo, ambos necesitamos ponernos a salvo del tiempo. Dejamos, así, que la vida tome forma de conversación y nos asomamos a un recuerdo que, al ser acogido, se ensancha un poco hasta volverse memoria de dos.

«El mayor muchas veces cuenta historias con la inconsciente necesidad de no perderse, de llevar consigo su vida. Y eso solo se consigue contándolo –asegura Higinio Marín-. Esa vida experimentada tiene muchas de las dimensiones de la existencia y tienen particular valor precisamente para aquellos que no han tenido ese cúmulo de vivencias. Además, contar historias y escucharlas introduce un vínculo afectivo, un vínculo cognitivo entre las generaciones que hace que nuestro mundo se amplíe y se expanda».

Cuando habla, despierta realidades que están hoy en un estado de hibernación permanente, recupera palabras que necesitan paréntesis: gamellón, moyuelo, gavilla… Al nombrar la parva, los gamones, la mies o el cándalo, resignifica el campo y descubre el telón de una cotidianidad inexistente. Dibuja planos que flotan con sus descripciones hasta posarse torpemente en mi imaginación y vuelve a habitar estancias que debieron llenarse de olores desconocidos y gestos familiares.

Es probable que vagas radiografías de aquellos contextos puedan consultarse en archivos, manuales y algún rincón detrás de las pantallas. Pero en estos días tan recostados en la técnica, se antojan algo distantes y vacías. Y, aunque un puñado de libros puedan narrarlo de forma magistral, no remplazan la fractura en la transmisión de la experiencia. Sobre todo porque, más que consultar, se trata de hacer nuestra parte de la trayectoria vital de los vínculos que nos constituyen. Y porque nada atraviesa y cala como la oralidad de una voz presente que recoge muchos instantes y se rasga al intentar sostenerlos.

Contar historias y escucharlas introduce un vínculo afectivo, un vínculo cognitivo entre las generaciones que hace que nuestro mundo se amplíe y se expandaHiginio Marín, filósofo

En mitad de esa escucha, empieza a dolerle a uno la pérdida irrecuperable de saberes valiosos, más si cabe si atañen a un escenario común. Aunque de forma diluida, ¿quién puede ofrecer ya la riqueza de conocer la tierra y la dependencia dócil que esta imprime? ¿Dónde encontrar comprensión a las parábolas, si no es en la mirada que tuvo esas mismas imágenes al alcance? Él entiende de senderos insospechados y de respuestas invariables, pues las exigencias más profundas que tejen al hombre son constantes, ajenas a cualquiera de los aclamados avances y progresos. Es ahí cuando brota un tiempo de doble dirección, más humano y articulado. En ese compartir, vejez y juventud se vuelven presente y enriquecen el momento que une a las dos.

Dan densidad y, de algún modo, también agitan, ya que hacen más evidente que la vida pasa. Dice Andrea Köhler que, desde que la técnica posibilita accesibilidad y conexión continuas, las despedidas son menos despedidas y la mera idea de que algún día faltaremos casi se ha perdido. Sin embargo, él es rescate ante este delirio. Hay un memento mori si le cuesta agacharse, cuando volvemos a la foto de su último año de escuela y contamos las caras que han desaparecido o cada vez que al pasar por los portones cerrados repasa nombres en voz muy baja: «Martina, Ángel, Jesús, León, Conce, Andrés». ¿Quién guardaría aquellos nombres? No nosotros, desde luego. Otro sí. Menos mal porque, ¿qué podríamos atesorar con todo el porcentaje de realidad que se nos escapa? Tan penetrados por el tiempo como estamos, ¿acaso se nos permite conservar algo?

La pregunta –que es puro anhelo escrito en los más hondos adentros- nos ha ido alejando del aflictivo empeño por rescatarlo todo hasta volverse alivio, pues, como apunta Romano Guardini, «de la sensación de lo pasajero de las cosas se deriva también algo positivo en sí mismo, la conciencia cada vez más clara de lo que no pasa, de lo eterno». Pero ese querer situarnos en lo esencial y permanente del ahora requiere -como diría Fabrice Hadjadj las manos de la memoria y de la espera. 

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jueves, 20 de agosto de 2020

Al final de la era Gutenberg. Por Manuel Bustos


Vivimos en una época de cambios acelerados y profundos. Se trata de un tópico continuamente repetido. Una muletilla en conferencias y discursos. Es como una sensación. Pero también una realidad incuestionable. Uno de ellos alude al final de la era Gutenberg, de la imprenta; en definitiva, del papel. Nos hallamos en un tiempo de pantallas: la televisión, la tableta, el PC, pero, sobre todo, el móvil. Éste lo domina todo. Es el dueño absoluto de nuestras relaciones y de nuestro tiempo.

Inútil dar cifras de los usuarios de esta máquina, manejable, pequeña, pero con poderes casi milagrosos. Son, sin duda, miles de millones. Innecesario igualmente cargar de datos al lector sobre el número de horas, siempre creciente, que pasamos delante de las pantallas. Y lo mismo de su uso a edad muy temprana. Evidentemente, ninguno o casi ninguno de sus usuarios se daría por aludido, pero sí que encomiaría sus enormes ventajas, capaces de conjurar cualquier tipo de peligro colateral.

Hemos dejado, pues, la época del folio y la cuartilla, de la pluma y el lápiz, e incluso de la máquina de escribir, para sumergirnos de lleno en el mundo de internet, del videoclip, el Whatsapp, el blog, la web, el post, el link y todo un largo etcétera de términos que se han ido colando en nuestras vidas sin apenas percatarnos, en un corto periodo de tiempo. Entre el descubrimiento del papel en la legendaria China hacia el siglo II y la invención de la imprenta en Alemania en el XV pasaron la friolera de trece siglos. Entre la imprenta y la máquina de escribir, comercializada a finales de 1870, unos cuatro. Desde que salieron los primeros portátiles hasta su difusión masiva, apenas han transcurrido un par de décadas.

España nunca ha sido un país de lectores. Rara vez los libros o la prensa han alcanzado aquí grandes tiradas. Hoy su disminución es aún más elocuente. Apenas se ven ya personas con un libro o un diario en las manos. Ni tan siquiera en los transportes públicos, donde eran tan frecuentes como pasatiempo. A veces, si acaso, el impreso de una solicitud que no se pudo rellenar telemáticamente y ha de ser escrita a mano. En el metro de una gran ciudad, en el tren o el autobús, la inmensa mayoría de los viajeros está inmersa en su móvil, ajena a cuanto sucede a su alrededor.

Son dedos que se deslizan velozmente, nerviosos, sobre la reducida pantalla de cristal. El sujeto apenas se detiene a leer los numerosos mensajes, artículos y frases sueltas, y mira de soslayo las fotos y videoclips que le envían. ¿Qué es lo que retiene? Poco. ¡La información recibida es tan copiosa! Dedica más tiempo a los mensajes. Tendrá que contestarlos enseguida, en un cruce permanente de frases casi telegráficas, llenas de abreviaturas, generalmente de contenidos superficiales, tópicos o intrascendentes, adobados en ocasiones con los emoticonos de rigor.

Al final del día no habrá leído sino un conjunto de frases y eslóganes inconexos, que le han dejado del todo o casi del todo indiferente. Ése es, grosso modo, el universo cotidiano de la mayoría, secuestrada por el invento; el universo diario de nuestros adolescentes y jóvenes, incluidos los universitarios, que han de formar los cuadros del mañana ya cercano. Por aquí, me dice el librero, apenas vienen jóvenes: es como si les asustara ver tantos libros y hojearlos como suelen hacer los lectores interesados. Vivimos gracias a los viejos (en realidad, dice maduros).

Los anaqueles de sus cuartos de estudio, cual si hubiera pasado por ellos un tifón, aparecen tan faltos de libros como sus cabezas de reflexiones de cierta profundidad. Son expertos, eso sí, en la sincronización de los dedos. De aquí a un par de generaciones habrá mutado la forma de los mismos, adheridos a una mano inusualmente prensil, capaz de asegurar el móvil mientras se teclean con avidez los mensajes.

Todos tienen en su pantalla los resúmenes de algunos diarios, una especie de Selecciones del Reader's Digers renovadas con las noticias de última hora, políticas o instigadoras de las últimas modas en pantalones o camisas. Suelen ir continuamente salteadas con fotos de pose, a veces de carácter erótico. Es la era de los selfies. Algunos usuarios jóvenes del móvil portan ya lentes por una anticipada presbicia. Han salido muy de mañana conectados y se acuestan de la misma forma. Probablemente lo coloquen al cabo sobre su mesilla de noche. Ésta es, sin duda, la generación mejor preparada; ¿pero, preparada de qué?

Comprenderemos que con esos mimbres no se puede pedir al cesto resultante lo que no ha de dar. Releguemos de una vez el libro y, en general, el papel (salvo el que sale por la impresora) al baúl de los trastos viejos, inservibles. La era de la imprenta parece agonizar lentamente. Las nuevas generaciones, como sus mayores, la han superado. Suyo es el futuro. ¡Muera Gutenberg y viva Bill Gates! ¿Qué hubiera sido de nosotros, en plena pandemia del Covid, sin los móviles?

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miércoles, 19 de agosto de 2020

El lujo de atesorar tiempo. Por J.A. Hernández

 

Con independencia de la edad que tengamos -querida amiga, querido amigo-, una reflexión sobre el tiempo –el mayor capital y el más difícil de administrar- siempre es oportuna. Es probable que –tú igual que yo-, alguna vez, hayas experimentado la paradoja de que, cuanto más escaso es, más te cunde, y de que, por el contrario, cuando es más abundante, te resulta insuficiente para desarrollar los planes que, ilusionado, habías realizado.

En estos momentos se me ocurre que, en vez de imaginar esos ambiciosos proyectos que nos dibuja la publicidad, deberíamos elaborar una breve lista con aquellos pequeños placeres de la vida, con esos goces que no cuestan dinero y que, a pesar de estar al alcance de la mano, apenas les prestamos atención. Son esas sencillas actividades que más nos gratifican como, por ejemplo, leer tranquilamente un libro que, como si lo leyéramos con todo el cuerpo, nos hace sentir, soñar, pensar y, sobre todo, nos ayuda a estar con nosotros mismos.

En estos tiempos en los que las modernas tecnologías de la comunicación han tejido esa tupida red universal en la que de manera interrumpida todos nos comunicamos con todos -las páginas webs, los móviles, los chats, los foros y los blogs- es un lujo suntuoso disfrutar durante un rato de nosotros mismos, recrearnos recortando trozos de nuestro pasado y dibujando esbozos de nuestro porvenir.

Es posible que, en la actualidad, los dos –tú y yo- estemos excesivamente influidos por una creciente concepción económica según la cual el tiempo es, por un lado, una herramienta de uso y lucro, como una mercancía, como una banda ancha de intercambio de comunicaciones productivas, como una mera posibilidad de remar hacia la plusvalía. Me refiero a ese tiempo enajenado que nos convierte en unos sujetos que no somos dueños sino empleados de nuestros días. Pero, en mi opinión, es peor todavía que, cuando se nos queda vacío, lo consideremos como una seria amenaza para nuestro equilibrio psicológico. Algunos llegan a temer los días libres, porque, según dicen, se ahogan en el tiempo o languidecen entre las horas muertas; por eso, quizás, son tantos los que acuden a los espectáculos ruidosos y multitudinarios.

Estoy convencido de que, para disfrutar verdaderamente de la compañía y de las palabras de los demás, es indispensable que, previamente, hayamos aprendido a sentir el placer de estar solos y el goce de escuchar el silencio. Será entonces cuando estaremos en condiciones de comunicar esas experiencias que, sin necesidad de invertir dinero, nos resultan esencialmente útiles: esos caprichos, esos gustos y esos episodios que cumplen plenamente con su función cuando se comparten con algún otro que, al comprendernos, incrementa el valor de nuestras cosas.

Creo que deberíamos aprender algunas fórmulas eficaces para atesorar cada momento que vivimos y, sobre todo, para compartirlo con alguien especial: se trata de vivir una vida simple, en paz, con mayor tranquilidad, sin estrés y sin ansiedad. Estoy de acuerdo con Carlos Fresneda quien, en su libro La vida simple, partiendo de una máxima de Epicteto -“La vida feliz será imposible mientras no simplifiquemos nuestros hábitos y moderemos nuestros deseos”-, nos aconseja que pasemos de los excesos de la sociedad de consumo a la búsqueda de nuevos estilos de vida. Creo que ésta es la mejor fórmula para ganarle tiempo al tiempo.

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lunes, 17 de agosto de 2020

Necesitamos acompañar para sentirnos acompañados. Por José Antonio Hernández


Estoy gratamente sorprendido por el elevado número y por la notable calidad de los comentarios que he recibido sobre el artículo del sábado pasado titulado “La hora de los mayores”. “Y es que -me dice Juan- nosotros, lo viejos, leemos más que los jóvenes”. Confieso, sin embargo, que lo que más me ha llamado la atención ha sido la coincidencia de varios lectores al señalar que el hecho que “más nos duele” es la soledad. Éste ha sido el asunto sobre el que hemos conversado en nuestra última reunión semanal.

Hemos llegado a la conclusión de que, aunque es cierto que los dolores del cuerpo, los sufrimientos del alma y los procesos de las enfermedades y de la muerte los sentimos de forma personal e intransferible, también es verdad que la compañía de seres comprensivos nos alivia de una manera importante. La mirada atenta, la palabra amable y hasta el silencio respetuoso nos proporcionan unas inestimables energías para mantener un estado de ánimo imprescindible para sobrevivir. Pero, si prestamos atención a la experiencia de acompañar, fácilmente podemos llegar a la conclusión de que es el acompañante quien sale más beneficiado. Vivimos en una sociedad de complejidad creciente donde demasiadas personas ancianas se sienten solas, aisladas o confundidas entre la muchedumbre. Algunas se distancian de quienes las rodean porque se creen marginadas y deciden cortar los hilos que las vinculan al entorno sufriendo un desamparo -dice Paco- “similar al de las ratas abandonadas por su madre”.

Todos sabemos que no podemos vivir sin comida saludable, sin agua limpia o sin aire puro, pero reflexionamos escasamente sobre la necesidad de compañía y sobre los prejuicios que produce la soledad. La medicina actual reconoce que las dolencias orgánicas por las que muchos de los pacientes acuden a los hospitales y a los ambulatorios tienen su origen en el alma, en el espíritu o en la mente. La ansiedad que genera la soledad -en el fondo, “un mal de amor”, según Manolo- puede provocar un debilitamiento progresivo del sistema inmunitario porque genera una tendencia a la indolencia y a la atonía, a la alimentación defectuosa y al abandono del cuidado personal. Los psicólogos explican cómo el equilibrio de las emociones exige contactos humanos, relaciones sociales satisfactorias, gestos amables, miradas cómplices y palabras amistosas. A las personas que se sienten abandonadas les cuesta dormir y, generalmente, descansan menos durante el sueño que quienes gozan de compañía, sus heridas tardan más en cicatrizar, sus resfriados se hacen crónicos y hasta puede generar la demencia.

Estoy convencido -concluye solemnemente Juan- de que el beneficio es mutuo y, también, el agradecimiento, ese sentimiento impagable que favorece la autoestima, fortalece las conexiones neuronales, estimula las emociones, incrementa la cohesión social, enriquece nuestros valores éticos y vigoriza el sistema inmunitario. En resumen, necesitamos acompañar para sentirnos acompañados.

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viernes, 14 de agosto de 2020

Las familias y el curso escolar. Por Rafael Sánchez Saus


Hace un par de días, Carlos Colón advertía, desde estas mismas páginas, de la improvisación y falta de criterio que se adivina en las declaraciones de los responsables políticos ante el ya inminente nuevo curso escolar. No debemos sorprendernos demasiado porque esta viene siendo la tónica en todo lo que afecta a la pandemia y sus consecuencias, no importa de qué asunto concreto se trate. Este ir a trancas y barrancas tiene un doble efecto, a cuál más pernicioso: desde luego, aumenta el desastre social que el coronavirus está suponiendo; pero, por otra parte, hace que el sufrido ciudadano perciba en la crisis una gravedad aún mayor de la que objetivamente ya tiene. Surge así una reacción de temor, de indefensión ante el impacto de un mal aplastante de cariz casi bíblico. Lo que no es sino consecuencia del mal gobierno, curiosamente contribuye a diluir las responsabilidades de los mandatarios y es asumido por las buenas gentes en términos de autoculpa, de pecado colectivo que todos debemos purgar.

La posibilidad de que los niños no puedan acudir a los colegios en sus horarios normales, que se maneja con frivolidad característica por la Administración, los medios y los diversos sindicatos del mundo de la enseñanza, sería, sin embargo, un desastre inasumible para millones de familias que se verían imposibilitadas de conciliar la atención a sus hijos con la de sus trabajos. Trabajos que, no lo olvidemos, rinden impuestos y sostienen el debilitado entramado económico y de atención social. No todo el mundo puede echar mano de los sacrificados abuelos ni, aún menos, dado el nivel de ingresos de las parejas jóvenes, recurrir a ayuda remunerada. El teletrabajo es visto por algunos como una tabla de salvación, pero ni es posible para la gran mayoría ni es deseable en modo alguno que se establezca como forma ordinaria de solución de este tipo de problemas. Cabe preguntarse en qué están pensando las asociaciones de padres de familia que todavía, pese al angustioso panorama para tantos, no alzan su voz.

Muchos nos espantamos de la brutal crisis de natalidad que padecemos en España, pero tener hijos es hoy un pésimo negocio sin la menor compensación social. Situaciones como la que ahora amenaza a los padres lo demuestran. ¿Cómo es posible que nadie, empezando por partidos políticos que se dicen tan preocupados por la gente, esté solicitando ayudas o desgravaciones fiscales para quienes no tengan más remedio que apelar a la contratación de cuidadores?

jueves, 13 de agosto de 2020

Los dolores fortalecen el cuerpo y los sufrimientos hacen crecer el espíritu. Por José Antonio Hernández Guerrero, catedrático emérito de la UCA

 


Estoy sorprendido por las interesantes preguntas y por las sugerentes cuestiones que los lectores me han propuesto al hilo de las ideas vertidas en los artículos sobre la existencia del bienestar y sobre los sufridores. Como es natural, muchas de las opiniones no coinciden con mis planteamientos, de la misma manera que las experiencias en las que aquéllas se apoyan son diferentes e, incluso, opuestas a las mías. No caeré en la pretensión -errónea e inútil- de defender con argumentos unas convicciones basadas, como ya indiqué, en mi experiencia personal sólo válida para mí y para aquellos que la hayan vivido de manera análoga.

Aprovecho, sin embargo, la oportunidad para aclarar algunas confusiones que en varios comentarios sobre los obstáculos del bienestar se repiten en los mensajes que he recibido. Hemos de reconocer que las enfermedades, los dolores y los sufrimientos -aunque sean realidades humanas estrechamente relacionadas- nos son manifestaciones idénticas.

Las enfermedades son afecciones comunes a todos los seres vivientes -a las plantas, a los animales y a los humanos-; son unos avisos que, amenazadores, nos anuncian la muerte; son las advertencias que, insistentes, nos recuerdan que somos débiles frente a la fuerza agresora de la naturaleza, y son unos síntomas que, claramente, nos revelan que llevamos encerrados en el interior de nuestras entrañas los enemigos de nuestra propia supervivencia. Los dolores los padecemos todos los seres animados -no las plantas- y constituyen llamadas de atención de mal funcionamiento de las piezas de nuestro complejo organismo; son las alertas que se encienden para comunicar el fallo de algún órgano; son las señales que nos alertan de que algún mecanismo corporal está estropeado.

Reconozco que los animales sufren en cierto sentido como, por ejemplo, cuando advierten un peligro, cuando se sienten abandonados o cuando perciben el peligro de muerte pero, en el sentido estricto, los sufrimientos son propiedades peculiares de los seres humanos; son prerrogativas que nos distinguen de los demás vivientes, son ecos profundos racionales de los dolores físicos, de las agresiones psicológicas o de los ataques morales: los dolores atacan el cuerpo y los sufrimientos hieren el alma. Sólo los seres humanos interpretamos el dolor y medimos sus dimensiones; sólo nosotros reaccionamos mentalmente ante estímulos desagradables y respondemos directamente con nuestra inteligencia, con nuestra imaginación y, sobre todo, nuestra emotividad.

Pero el sufrimiento es, además, una de las vías más seguras y más directas para penetrar en el fondo secreto de las realidades humanas, una clave segura para conocer el sentido profundo de los sucesos. Baudelaire, con vigor, con entusiasmo y con hondura, nos dice que la verdad reside en el sufrimiento, en el dolor que es la nobleza más ilustre: la única aristocracia de este mundo, que completa y humaniza turbadoramente la visión de las cosas. Milan Kundera en su libro titulado La inmortalidad defiende que la base del yo no es el pensamiento sino el sufrimiento porque, en un sufrimiento fuerte, el mundo desaparece y cada uno de nosotros está a solas consigo mismo: “el sufrimiento no sólo es la base del yo, su única prueba ontológica indudable, sino que es también de todos los sentimientos el que merece mayor respeto: el valor de todos los valores”. Todos sabemos que los dolores fortalecen el cuerpo y los sufrimientos hacen crecer el espíritu.

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