La familia es la célula vital de la sociedad, pero a su vez la familia se fundamenta en el matrimonio, en el que se unen por
su libre voluntad los cónyuges, respetando el significado y los valores propios de
esta institución, que no depende del hombre, sino de Dios mismo.
La institución matrimonial «fundada
por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal
de vida y amor» (Concilio Vaticano II
Const. Gaudium et Spes, 48) no es una
creación debida a convenciones humanas
o imposiciones legislativas, sino que debe
su estabilidad al ordenamiento divino.
Ningún poder puede abolir el derecho
natural al matrimonio ni modificar sus
características ni su finalidad. El matrimonio tiene características propias, originales y permanentes. La sociedad no pue-
de disponer del vínculo matrimonial, con
el cual los dos esposos –hombre y mujer-
se prometen fidelidad, asistencia recípro-
ca y apertura a los hijos, aunque cierta-
mente le compete al poder civil regular
sus efectos civiles.
