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martes, 1 de septiembre de 2026

¿Son inmorales las devoluciones en caliente? Munilla responde y recuerda lo que enseña la Iglesia


El obispo de Orihuela-Alicante, monseñor José Ignacio Munilla, ha realizado una extensa reflexión sobre los graves acontecimientos vividos en Ceuta y ha rechazado interpretarlos como una crisis migratoria convencional.

«La tragedia vivida estos días en Ceuta no es una crisis migratoria», afirmó el prelado durante su programa Sexto Continente, en Radio María. A su juicio, lo sucedido responde a «la utilización de la demografía en el juego geopolítico como un arma».

Munilla partió de una reflexión del presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, quien había advertido en redes sociales sobre la utilización de las migraciones dentro de las estrategias de poder: «La biopolítica es clave en el actual poder mundial. Se juega con la vida y se utiliza a las personas, sus sueños, hambre, sexualidad y datos en favor del lucro y del poder».

«No eran peones de un tablero geopolítico»

Munilla fue especialmente contundente al denunciar la instrumentalización de miles de personas para ejercer presión sobre España.

«La catadura moral de quien utiliza su propio pueblo como munición es repugnante. Es una de las formas más graves de depravación del poder que cabe imaginar», aseguró.

Para el obispo, el elemento fundamental no es únicamente que miles de personas intentaran cruzar la frontera, sino las circunstancias en las que se habría producido ese movimiento.

Según su análisis, decenas de miles de personas fueron empujadas hacia la frontera española alimentando «falsas expectativas», convirtiéndolas en piezas de una estrategia política.

«Cada uno de esos fallecidos tenía un nombre, una familia. No eran peones de un tablero geopolítico, no eran munición diplomática. Eran personas creadas a imagen de Dios», recordó.

Munilla considera que cuando un gobernante induce a sus propios ciudadanos a dirigirse masivamente hacia una frontera, exponiéndolos a graves riesgos para conseguir un objetivo político, está traicionando una de las primeras obligaciones de cualquier autoridad: proteger a su pueblo.

«Cuando los ciudadanos dejan de ser considerados personas con dignidad y pasan a ser instrumentos de una presión política, la política ha degenerado en cinismo al máximo grado».

España también tiene responsabilidades

El obispo no eximió, sin embargo, a España ni a la Unión Europea de sus propias responsabilidades.

España, señaló, «tiene el deber de proteger sus fronteras con proporcionalidad, humanidad y respeto a la legalidad», mientras que la Unión Europea también debe asumir las responsabilidades que le corresponden.

Pero pidió distinguir los diferentes planos de responsabilidad.

«No confundamos los planos», insistió. A su juicio, una cosa es la responsabilidad de quien utiliza deliberadamente movimientos de población como instrumento de presión y otra la obligación de España de custodiar eficazmente sus fronteras.

Munilla considera que lo ocurrido se asemeja más a «un ataque geopolítico contra la soberanía de España en forma de invasión temporal» que a los habituales movimientos migratorios que llegan a las costas españolas.

¿Son inmorales las devoluciones en caliente?

El obispo abordó también una de las cuestiones más polémicas relacionadas con la inmigración: las llamadas devoluciones en caliente.

Munilla discrepó de las organizaciones que consideran que esta práctica es siempre moralmente inaceptable.

«Creo que se equivocan las asociaciones u ONG que califican de inmorales las devoluciones en caliente», afirmó.

Para argumentarlo recurrió a dos principios que, según explicó, deben mantenerse unidos dentro de la doctrina social de la Iglesia.

Por una parte, existe el deber de acoger al extranjero, especialmente cuando huye de una guerra, una persecución o una situación de extrema gravedad. Pero, simultáneamente, los Estados poseen «el derecho y el deber» de regular los flujos migratorios y proteger sus fronteras en función del bien común.

«La defensa de una frontera nacional no es en sí misma un acto de hostilidad hacia el inmigrante», afirmó.

Eso no significa, matizó inmediatamente, que cualquier devolución sea legítima ni que la defensa de las fronteras pueda justificar actuaciones que vulneren la dignidad humana.

«Entonces, la verdadera respuesta moral exige sostener al mismo tiempo dos exigencias. Sí a una acogida solidaria con quien verdaderamente necesita un sistema de protección y, además, un ejercicio responsable de custodiar las fronteras. Cuando uno de estos principios se absolutiza hasta anular el otro, dejamos de servir al bien común. La caridad nunca puede separarse de la prudencia, como tampoco la justicia puede desligarse de la misericordia. La doctrina social de la Iglesia no nos invita a escoger entre una u otra, sino a hacer un equilibrio. Y solo desde ese equilibrio podemos afrontar uno de los desafíos más complejos que estamos viviendo en el momento presente».

«La caridad nunca puede separarse de la prudencia»

Munilla planteó además una cuestión práctica: si se transmite la idea de que basta con conseguir atravesar físicamente una frontera para obtener automáticamente un derecho de permanencia, pueden generarse incentivos para asumir riesgos cada vez mayores.

Por eso considera que determinadas devoluciones pueden contribuir a evitar situaciones de violencia, siempre que se realicen respetando la dignidad de las personas y atendiendo las circunstancias particulares.

«El derecho a emigrar no equivale a un derecho incondicional a establecerse en cualquier país al margen de las leyes que regulan el acceso», explicó.

La posición católica, concluyó, obliga precisamente a evitar dos extremos: ignorar el sufrimiento de quien necesita verdaderamente protección o negar a los Estados su responsabilidad de ordenar la inmigración y custodiar sus fronteras.

«La caridad nunca puede separarse de la prudencia, como tampoco la justicia puede desligarse de la misericordia».

Para Munilla, esa búsqueda del equilibrio es imprescindible para afrontar uno de los problemas políticos, sociales y humanos más complejos de nuestro tiempo.