Este 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Virgen María, el Papa León XIV ha presidido la santa misa celebrada en la parroquia pontificia de Santo Tomás de Villanueva, en Castel Gandolfo.
Ante cientos de peregrinos y fieles, el pontífice comenzó su homilía recordando el magisterio de la Iglesia recogido en la Constitución apostólica Munificentissimus Deus, en la que Pío XII declaró como dogma que María, “cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”, indicando asimismo “el cumplimiento de la plenitud de gracia que Dios le ha dado en su Concepción Inmaculada”.
A partir de este punto, el pontífice buscó vertebrar su homilía en torno a la belleza y la contraposición de los cánones estéticos, contemporáneos, explicando así por qué multitud de obras de arte representan a María, incluso al final de su vida, “como una joven hermosa que se eleva físicamente desde la tierra hacia el cielo”.
Unas obras inspiradas en el Apocalipsis -Una Mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies» (Ap 12,1)- que, según León, reflejan como “en el corazón de María se encuentran el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad”, lo que aparentemente contrasta con la experiencia que produce en los hombres el paso del tiempo.
Con la edad, “nuestro cuerpo no se hace más ágil, sino más pesado; la piel no se vuelve más fresca, sino que muestra los signos de la vejez; el cabello no toma color ni brillo, sino que se vuelve gris y luego blanco. Entonces, ¿qué tenemos en común con la joven maravillosa que encontramos pintada en nuestros retablos?”, planteó.
La belleza no consiste en ocultar el paso del tiempo
Para comprenderlo, invitó a integrar los dos signos mencionados, el cuerpo incorrupto de la Madre de Dios y su corazón inmaculado. Solo así se comprende “la pureza del alma que en María ―como en nosotros― por gracia de Dios ilumina y transfigura a toda la persona, llevándola a la gloria del Cielo”. Una glorificación de María en cuerpo y alma que además esconde una enseñanza especialmente reveladora para el tiempo presente: “Nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin”.
Precisamente por ello, León XIV llamó a “revisar muchos de los cánones estéticos, predominantemente de tipo hedonista y consumista, que el mundo nos impone”, alertando de que pueden llegar a “aprisionarnos en condicionamientos pesados” y hacer que se desperdicien “energías valiosas en lo que no es realmente importante ni dura para siempre”.
Frente a estos modelos, el Papa contrapuso a quienes, pese a tener “el rostro marcado por los años y los sufrimientos”, son capaces de irradiar “serenidad, benevolencia y paz”, con quienes pueden resultar exteriormente atractivos, pero permanecen “duros y fríos en su interior”. “Es fácil entender dónde está la verdadera belleza y dónde, en cambio, hay todavía necesidad de conversión, perdón y curación”, afirmó.
Del rostro del niño al anciano: dónde hallar la belleza
El pontífice invitó así a aprender a descubrir esa belleza divina en todas las etapas y circunstancias de la vida, “tanto en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano, en la vivacidad de un joven como en la compostura de un adulto”, pero también “en los adornos de la fiesta como en la vestimenta y en las herramientas de trabajo”. Todas ellas, explicó, remiten a “historias de amor únicas” que deben ser reconocidas como “pequeños destellos en el cielo”.
De este modo, León XIV condensó buena parte de su reflexión en una afirmación con la que contrapuso definitivamente la belleza exterior a aquella que nace de la caridad: “El amor es el ornamento más hermoso del hombre”. Un amor, añadió, “que transfigura, transforma, ennoblece y lleva a lo alto”, haciendo a la persona “ligera, libre, cercana a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida”.
Por todo ello, destacó que lo sublime del misterio de la Asunción no debe buscarse lejos, sino “allí donde hay verdadera caridad”.
Llevar el Cielo sobre la tierra
Como ejemplos, señaló a los padres que regresan cansados del trabajo pero felices de reunirse con sus hijos, y a los abuelos que, pese a las limitaciones de la edad, encuentran nuevas fuerzas para cuidar de sus nietos.
También destacó el testimonio de los jóvenes que buscan crecer “limpios y honestos”, dispuestos incluso a ir “contra la corriente” respecto a “lo que todos hacen”, así como el de tantos hombres y mujeres que, con su trabajo diario, su fe y su entrega, contribuyen a “llevar un poco de Cielo sobre la tierra y la tierra hacia el Cielo”.
“El rostro bellísimo de la Asunción es único, supera toda representación posible y, sin embargo, al mismo tiempo nos es conocido: es el de las personas que están a nuestro lado, incluso en este momento, de los hermanos y hermanas con quienes compartimos, en la fe, la ofrenda diaria de nuestra vida”, agregó el pontífice. Por ello, concluyó recordando el llamado de los hombres a “vivir su misma plenitud de vida y compartir su misma gloria”.








