
La Delegación Diocesana de Apostolado Seglar tiene como misión específica la promoción de la formación y del compromiso transformador de la realidad de los fieles laicos, así como el fomento de la comunión entre los movimientos, comunidades y asociaciones con presencia en la Diócesis.
En pleno mes de agosto, cuando las maletas se llenan de toallas y agendas más ligeras, el evangelio nos recuerda que entrar en el Reino no es fácil para quien vive aferrado a sus riquezas (cf. Mt 19,23‑30). Jesús habla del camello y del ojo de la aguja para expresar hasta qué punto ciertos apegos cierran la puerta a la vida verdadera. Entre esas “riquezas” pueden estar no sólo el dinero, sino también las ideas, las imágenes y las lecturas que vamos dejando entrar sin filtro en nuestra mente. El verano, con su tiempo extra para leer, puede ser ocasión para que un libro ensanche el corazón… o para que lo estreche.
Leer no es sólo pasar páginas: es dejar que una voz habite durante horas nuestra interioridad. Un buen libro puede despertar preguntas, consolar heridas, iluminar decisiones, fortalecer la esperanza. Una novela mal elegida, en cambio, puede ir erosionando poco a poco la mirada cristiana: trivializar el pecado, ridiculizar la fidelidad, presentar el mal como juego, deformar la imagen de Dios y del ser humano.
Por eso importa tanto qué llevamos en la mochila de lecturas de agosto. Igual que cuidamos qué comemos o qué vemos, también conviene cuidar qué dejamos que se convierta en “película interior” durante diez días de vacaciones. A veces, sin darnos cuenta, llenamos el verano de historias que nos dejan más cínicos, más fríos, más confundidos. En cambio, otros libros nos devuelven el deseo de santidad, de entrega, de belleza limpia. El criterio profundo es sencillo: ¿qué queda en mí cuando cierro el libro?
La experiencia de san Ignacio de Loyola lo muestra con fuerza. Herido en Pamplona, pasó meses de convalecencia con mucho tiempo disponible. Quiso leer sus novelas de caballería, pero no las encontró y terminó en manos de vidas de santos y libros espirituales. Al principio los leía casi por aburrimiento; poco a poco descubrió que esas lecturas despertaban en él una alegría distinta, más honda que la de las fantasías de aventuras.
Ignacio empezó a notar que cierto tipo de libros le dejaba vacío y otro tipo le dejaba en paz, con deseos de amar a Dios y servir a los demás. Esa comparación interior fue decisiva: entendió que había una diferencia entre consolaciones verdaderas y falsas, y que Dios estaba entrando en su corazón precisamente a través de las páginas que tenía entre manos. Su “verano forzado” se convirtió en lugar de llamada porque se dejó acompañar por libros que hablaban de Cristo y de quienes le habían seguido de verdad.
Hablar de “leer cristianamente” no significa encerrarse sólo en libros religiosos. Significa dejar que la luz del Evangelio entre también en la forma de elegir y de leer cualquier obra. Algunas pistas pueden ayudar para este agosto:
Estos criterios no pretenden censurar, sino ayudar a discernir. Se trata de que el ojo de la aguja se vaya ensanchando por dentro: que nuestras lecturas nos hagan más dóciles a la gracia, no más resistentes.
No caminamos solos en este discernimiento. También pastores concretos ayudan a elegir libros que alimenten la fe. Este verano, el obispo de Orihuela‑Alicante, Mons. José Ignacio Munilla Aguirre, ha ofrecido un conjunto de lecturas recomendadas para que las vacaciones no se conviertan en “invierno del alma”. En su recomendación especial subraya El arte del Buen Combate: La libertad interior y los ocho pensamientos malignos, de Fabio Rosini, como libro para una lectura compartida en ocho sesiones a lo largo del próximo curso 2026-27 (enticonfio.org).
El propio listado organizado por secciones puede servirnos de mapa:
No se trata de leerlo todo, sino de entender qué tipo de libros pueden hacer del verano un tiempo de crecimiento interior. Cada lector, según su situación, puede escoger uno o dos títulos, pero sabiendo que entra en una corriente de fe compartida.
El verano ofrece también una oportunidad preciosa para rezar de otra manera, más libre. Hay libros que son casi como una mano tendida: colecciones de meditaciones, comentarios al Evangelio, relatos de peregrinos, testimonios sencillos que ayudan a entrar en diálogo con Dios. No sustituyen la oración, la provocan. Crean un clima interior que hace más fácil ponerse ante el Señor con sinceridad.
Una propuesta concreta puede ser dedicar cada día un rato a leer algo que directamente sostenga la oración: una página de un autor espiritual, un fragmento de un diario de fe, una pequeña homilía, una reflexión sobre la vida cotidiana. No hace falta mucho: unos minutos bien leídos pueden marcar la diferencia entre un verano que pasa sin dejar huella y un verano en el que algo en nosotros se ordena y se clarifica.
Cuando los discípulos escuchan a Jesús hablar del camello y del ojo de la aguja, se quedan desconcertados: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Él responde: “Para los hombres eso es imposible; para Dios, todo es posible”. Esa frase puede ser el lema de nuestras lecturas de agosto. Tal vez sentimos que nuestra cabeza está demasiado llena de historias superficiales, de imágenes que nos han ido alejando de la mirada de Cristo. Sin embargo, Dios puede usar precisamente este verano para empezar un trabajo nuevo en nosotros a través de buenos libros.
Elegir mejor lo que leemos no es una obsesión moralista; es un acto de confianza: creemos que el Señor puede encontrarnos también en una página, en una escena, en una frase que se queda. Si dejamos que agosto sea tiempo de lectura con fe, quizá descubramos que un libro, discretamente, nos ha ayudado a dar un paso más en el seguimiento de Cristo. Y entonces la imagen del camello y el ojo de la aguja ya no será sólo advertencia, sino promesa: Dios está abriendo camino en nuestro corazón, también mientras pasamos páginas a la sombra.
El Santuario de Santa María de África volvió a convertirse, en la víspera de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, en el corazón espiritual de Ceuta. En la tarde-noche del 14 de agosto, numerosos fieles se congregaron ante la Patrona de la ciudad para elevar juntos una oración por la paz, la estabilidad y la justicia, siguiendo la llamada a la oración realizada por el Papa León XIV ante las situaciones de conflicto y sufrimiento que afectan a tantos pueblos y, de manera particular, a la ciudad de Ceuta.
La jornada de oración estuvo presidida por el Administrador Apostólico de Cádiz y Ceuta, D. Ramón Valdivia, quien quiso permanecer junto al pueblo de Ceuta en una noche especialmente significativa, poniendo a los pies de Santa María de África las preocupaciones, esperanzas y sufrimientos de la ciudad.
A las ocho de la tarde, el Administrador Apostólico presidió la celebración de la Santa Misa en el Santuario. La Eucaristía constituyó el primer momento de una jornada eminentemente espiritual, en la que la Iglesia de Ceuta quiso ponerse ante Dios para pedir el don de la paz y confiar a la intercesión de la Virgen María el futuro de la ciudad.
Una hora después, comenzó la Vigilia de Oración por la paz, la estabilidad y la justicia en Ceuta. El silencio del Santuario, iluminado ante la imagen de Santa María de África, fue dando paso a la proclamación de la Palabra de Dios, a la oración de la Iglesia y a distintos momentos de meditación y súplica.
La vigilia quiso ser, ante todo, una oración confiada. Una oración nacida de la fe de un pueblo que, en momentos de incertidumbre y preocupación, vuelve su mirada hacia la Madre de Dios. Ante Santa María de África se pidió por la paz, por la convivencia, por la justicia, por la estabilidad de la ciudad y por todos aquellos que sufren las consecuencias de las situaciones de tensión y dificultad.
La respuesta del pueblo de Ceuta fue especialmente significativa. El Santuario registró una notable afluencia de fieles, con una profunda sensibilidad espiritual para acompañar a su Administrador Apostólico. Familias, jóvenes, mayores y representantes de distintos ámbitos de la sociedad ceutí quisieron participar en una celebración que tuvo un marcado carácter comunitario.
El Administrador Apostólico estuvo acompañado por el Vicario General de Ceuta y por los sacerdotes de la ciudad. La presencia del presbiterio, junto a la vida consagrada y al pueblo de Dios que camina en Ceuta, quiso expresar también la unidad de la Iglesia diocesana en torno a su pastor y, especialmente, en torno a la oración por la ciudad.
La elección de la víspera de la Asunción de la Virgen María otorgó a la celebración un significado particularmente profundo. La Iglesia contemplaba a María como mujer de fe, Madre y esperanza del pueblo cristiano, y a sus pies quiso depositar las inquietudes de una ciudad que, en momentos difíciles, encuentra en su Patrona un referente de protección y esperanza.
Santa María de África, que desde hace siglos contempla y acompaña la vida de Ceuta, volvió a recibir en esta noche las súplicas de sus hijos. Ante su imagen se hizo visible una vez más la profunda vinculación entre la ciudad y su Patrona, y cómo la fe sigue siendo para muchos ceutíes un lugar donde buscar consuelo, fortaleza y esperanza.
La vigilia concluyó dejando en el corazón de los participantes la certeza de que la oración no es una huida ante las dificultades, sino una forma de afrontarlas desde la fe y desde la confianza en Dios. La Iglesia de Ceuta quiso así cumplir su misión de acompañar a su pueblo, permanecer a su lado en los momentos de dificultad y elevar ante Dios la voz de quienes desean una ciudad en la que puedan convivir todos en paz, justicia y fraternidad.
La llamada a la oración se hizo extensiva a toda la Diócesis de Cádiz y Ceuta, donde distintas parroquias se sumaron durante la tarde y la noche del 14 de agosto a la celebración de vigilias de oración por la paz. Las comunidades parroquiales se unieron así, desde sus propios templos, a la oración que tenía lugar en el Santuario de Santa María de África, poniendo ante el Señor las necesidades de Ceuta y de todos los pueblos que sufren situaciones de conflicto, violencia e incertidumbre. De este modo, la Iglesia diocesana quiso expresar, desde distintos lugares, una misma comunión en la oración y un mismo deseo de paz, justicia, esperanza y fraternidad.
La Comisión Episcopal para las Comunicaciones Sociales (CECS) hace público el número de julio de la revista digital Selecciones. En esta publicación, que se puede leer en versión.pdf o descargar en formato epub, la CECS recopila algunos artículos de interés publicados en medios de comunicación especializados sobre temas de actualidad.
El arte sacro no puede transformarse en museo ni en decoración piadosa. Debe volver a ser un espacio de revelación simbólica. Es la propuesta que se lee en La belleza como gramática del misterio, que figura en el índice de Selecciones. La luz, el silencio, la proporción, la materia, el vacío, la música, el espacio litúrgico: todo ello puede convertirse nuevamente en lenguaje espiritual.
Otro de los títulos seleccionados en la revista mensual de la CECS es La mirada católica al reto de la inmigración. Donde se señala como las islas han marcado el comienzo de los dos últimos pontificados: la isla italiana de Lampedusa en la primera visita del Papa Francisco en su pontificado y las islas de Gran Canaria y Tenerife en el viaje del Papa León XIV a España. Y ambos lugares son principales destinos de llegada de las embarcaciones que parten de África con el sueño de llegar a Europa.
Más de cuarenta propuestas de lectura para este tiempo de ocio y enriquecimiento personal se recogen en 10 ensayos y 30 novelas para leer en verano. También se invita a ojear el texto En defensa de acumular libros no leídos. El artículo apunta como el mercado del libro se ha vuelto acelerado y efímero. Y es que la cantidad de libros que se publican cada día en España es tan elevado que las ventanas de comercialización de los libros se están volviendo cada vez más cortas.
Las preguntas que llegan con la vejez de nuestros padres, Ya no hay vagos o Cómo equilibrar prosperidad y justicia social son otros titulares sobre los que departir en este tiempo estival. Por último recordar que la revista digital Selecciones de la Comisión episcopal para las Comunicaciones sociales, en formato epub para su lectura en tablets, móviles y libros electrónicos, y en edición pdf, recoge en este nuevo número asuntos todos de la actualidad que previamente se han publicado en otros medios de comunicación especializados y de prestigio.
Este 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Virgen María, el Papa León XIV ha presidido la santa misa celebrada en la parroquia pontificia de Santo Tomás de Villanueva, en Castel Gandolfo.
Ante cientos de peregrinos y fieles, el pontífice comenzó su homilía recordando el magisterio de la Iglesia recogido en la Constitución apostólica Munificentissimus Deus, en la que Pío XII declaró como dogma que María, “cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”, indicando asimismo “el cumplimiento de la plenitud de gracia que Dios le ha dado en su Concepción Inmaculada”.
A partir de este punto, el pontífice buscó vertebrar su homilía en torno a la belleza y la contraposición de los cánones estéticos, contemporáneos, explicando así por qué multitud de obras de arte representan a María, incluso al final de su vida, “como una joven hermosa que se eleva físicamente desde la tierra hacia el cielo”.
Unas obras inspiradas en el Apocalipsis -Una Mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies» (Ap 12,1)- que, según León, reflejan como “en el corazón de María se encuentran el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad”, lo que aparentemente contrasta con la experiencia que produce en los hombres el paso del tiempo.
Con la edad, “nuestro cuerpo no se hace más ágil, sino más pesado; la piel no se vuelve más fresca, sino que muestra los signos de la vejez; el cabello no toma color ni brillo, sino que se vuelve gris y luego blanco. Entonces, ¿qué tenemos en común con la joven maravillosa que encontramos pintada en nuestros retablos?”, planteó.
Para comprenderlo, invitó a integrar los dos signos mencionados, el cuerpo incorrupto de la Madre de Dios y su corazón inmaculado. Solo así se comprende “la pureza del alma que en María ―como en nosotros― por gracia de Dios ilumina y transfigura a toda la persona, llevándola a la gloria del Cielo”. Una glorificación de María en cuerpo y alma que además esconde una enseñanza especialmente reveladora para el tiempo presente: “Nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin”.
Precisamente por ello, León XIV llamó a “revisar muchos de los cánones estéticos, predominantemente de tipo hedonista y consumista, que el mundo nos impone”, alertando de que pueden llegar a “aprisionarnos en condicionamientos pesados” y hacer que se desperdicien “energías valiosas en lo que no es realmente importante ni dura para siempre”.
Frente a estos modelos, el Papa contrapuso a quienes, pese a tener “el rostro marcado por los años y los sufrimientos”, son capaces de irradiar “serenidad, benevolencia y paz”, con quienes pueden resultar exteriormente atractivos, pero permanecen “duros y fríos en su interior”. “Es fácil entender dónde está la verdadera belleza y dónde, en cambio, hay todavía necesidad de conversión, perdón y curación”, afirmó.
El pontífice invitó así a aprender a descubrir esa belleza divina en todas las etapas y circunstancias de la vida, “tanto en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano, en la vivacidad de un joven como en la compostura de un adulto”, pero también “en los adornos de la fiesta como en la vestimenta y en las herramientas de trabajo”. Todas ellas, explicó, remiten a “historias de amor únicas” que deben ser reconocidas como “pequeños destellos en el cielo”.
De este modo, León XIV condensó buena parte de su reflexión en una afirmación con la que contrapuso definitivamente la belleza exterior a aquella que nace de la caridad: “El amor es el ornamento más hermoso del hombre”. Un amor, añadió, “que transfigura, transforma, ennoblece y lleva a lo alto”, haciendo a la persona “ligera, libre, cercana a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida”.
Por todo ello, destacó que lo sublime del misterio de la Asunción no debe buscarse lejos, sino “allí donde hay verdadera caridad”.
Como ejemplos, señaló a los padres que regresan cansados del trabajo pero felices de reunirse con sus hijos, y a los abuelos que, pese a las limitaciones de la edad, encuentran nuevas fuerzas para cuidar de sus nietos.
También destacó el testimonio de los jóvenes que buscan crecer “limpios y honestos”, dispuestos incluso a ir “contra la corriente” respecto a “lo que todos hacen”, así como el de tantos hombres y mujeres que, con su trabajo diario, su fe y su entrega, contribuyen a “llevar un poco de Cielo sobre la tierra y la tierra hacia el Cielo”.
“El rostro bellísimo de la Asunción es único, supera toda representación posible y, sin embargo, al mismo tiempo nos es conocido: es el de las personas que están a nuestro lado, incluso en este momento, de los hermanos y hermanas con quienes compartimos, en la fe, la ofrenda diaria de nuestra vida”, agregó el pontífice. Por ello, concluyó recordando el llamado de los hombres a “vivir su misma plenitud de vida y compartir su misma gloria”.