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viernes, 4 de septiembre de 2026

XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación

 


El pasado 1 de septiembre de 2026 se ha inaugurado oficialmente el Tiempo de la Creación, una iniciativa ecuménica de oración, con multitud de actividades en las diócesis de todo el mundo, que se extiende hasta el 4 de octubre, festividad de San Francisco de Asís. Además, el Papa invita durante este mes de septiembre, con motivo de este Tiempo de la Creación, a rezar  «Por el cuidado del agua».

Por su parte, los obispos españoles, a través de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social, con motivo de esta Jornada, han hecho público un mensaje en el que subrayan que el lema de la misma: «Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas» (Is 2,4) obliga a mirar de frente a la violencia. «Como nos recuerda repetidamente el magisterio de la Iglesia, no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una única y compleja crisis socioambiental», aseguran los prelados.

Mensaje íntegro de los obispos españoles

Mensaje íntegro de los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social con motivo de la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación 2026:

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

En este primer cuarto del siglo XXI, atravesamos un verdadero kairós socioambiental, un tiempo de gracia y de urgencia ineludible para el anuncio del Evangelio a los hombres y mujeres de hoy. Al acercarse la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, que celebramos cada 1 de septiembre marcando el inicio del Tiempo de la Creación hasta el 4 de octubre, nos preparamos con esperanza para acoger el mensaje que el Santo Padre, el papa León XIV, nos ofrece. El lema inspirador para la jornada de oración de este año, tomado del profeta Isaías, es: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas» (Is 2,4).

Esta imagen bíblica subraya el vínculo profundo entre la resolución de los conflictos armados, la paz fraterna y el cuidado de nuestro entorno natural. El deterioro del medio ambiente constituye una grave violación de nuestro deber de custodiar la creación y una amenaza a largo plazo para la vida de cientos de millones de personas[1]. El profeta nos invita a una transformación radical: privilegiar el desarrollo, la sostenibilidad y el cultivo de la vida, en lugar de la violencia y la destrucción. A la luz de esta llamada, y recogiendo el fecundo magisterio de la Iglesia y del papa León XIV, los obispos queremos ofrecer unas palabras de reflexión, discernimiento y compromiso, encarnadas en la realidad de nuestra amada España.

1. La realidad herida de nuestra casa común en España

La teología y la acción pastoral de la Iglesia no pueden desarrollarse en una burbuja, de espaldas a los avances del conocimiento y al sufrimiento de nuestro pueblo. La crisis socioambiental contemporánea es un fenómeno complejo provocado por un modelo de desarrollo obsesionado con el crecimiento ilimitado[2]. A nivel planetario, la ciencia nos advierte que hemos traspasado peligrosamente los límites para mantener la vida en la Tierra, y en España esto se traduce en una realidad innegable: sufrimos una intensificación alarmante de las olas de calor, de sequías prolongadas y cronificadas, de incendios forestales, de lluvias torrenciales inéditas y una preocupante tendencia a la desertificación que amenaza a más de la mitad del territorio nacional.

Vemos con dolor la degradación de nuestros ecosistemas, el agotamiento de nuestras cuencas hidrográficas y la eutrofización de masas de agua emblemáticas por sobreexplotación de las áreas agrícolas circundantes, fruto de la sobreexplotación. A esto se suma la paradoja de un «crecimiento vacío», en el que el progreso económico de algunos no se traduce en bienestar para todos. Nuestra «España vaciada» no es un accidente, sino el resultado de décadas de decisiones que han concentrado la inversión y han dejado amplias zonas rurales en un proceso continuo de despoblación y desarraigo espiritual.

Como nos recuerda repetidamente el magisterio de la Iglesia, no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una única y compleja crisis socioambiental[3]. Las consecuencias de esta degradación golpean primero y con mayor crueldad a los más vulnerables, manifestándose en la exclusión residencial y en la pobreza energética de muchas familias españolas que no pueden proteger a sus hijos del frío ni del calor extremo. Proteger el ambiente natural, como don de Dios, es un imperativo moral[4].

2. La cultura del poder y la normalización de la guerra

El lema de esta Jornada nos exige mirar de frente la violencia. En su reciente y luminosa primera carta encíclica, Magnifica Humanitas, el papa León XIV nos advierte sobre la expansión de una «cultura del poder» que se alimenta de polarizaciones y violencias, y denuncia la preocupante normalización y rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional[5]. Las armas pueden imponer un silencio temporal, pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.[6]

Por ello, el Santo Padre nos llama a abrazar una paz que sea «desarmada y desarmante»[7]. Una paz que no se funde en el miedo ni en el equilibrio armado, sino en el diálogo paciente, la justicia y la diplomacia[8]. En este sentido, es imperativo superar definitivamente la teoría de la «guerra justa», sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, y reconocer que todo conflicto armado constituye una derrota de la capacidad de negociar y de la conciencia común de la humanidad.[9]

Pero la llamada a «forjar arados con las espadas» va más allá del armamento bélico tradicional. El papa nos alerta sobre la nueva carrera armamentística en el ámbito digital y económico, pidiendo explícitamente «desarmar la inteligencia artificial» para sustraerla de la lógica del monopolio y del dominio cognitivo[10]. Detrás de la ilusión de un mundo digital inmaterial, se esconde una industria que exige zonas de sacrificios, enormes cantidades de agua y energía e impulsa un neoextractivismo despiadado de «tierras raras» que deja cuerpos marcados y explotados, especialmente los de niños y adolescentes[11]. No podemos creer en Jesús y promover la guerra; no podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre o a quien huye de la miseria.[12]  

3. El «camino de Nehemías»: reconstruir desde la comunión y la justicia

Frente a la deshumanización del síndrome de «la Torre de Babel», que busca levantar torres de dominación tecnocrática y uniformidad, la Iglesia nos propone el «camino de Nehemías»: la reconstrucción paciente y compartida de las murallas de nuestra convivencia[13]. La civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente que consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia[14].

Para la Iglesia que peregrina en España, forjar «arados y podaderas» significa comprometerse activamente con una transición ecológica y energética que sea verdaderamente justa e inclusiva. Esta transición no debe agravar las desigualdades territoriales ni dejar a nadie atrás. 

Debemos defender celosamente nuestros recursos naturales, especialmente la «hermana agua». Recordamos, iluminados por el documento Aqua fons vitae, que el agua es un bien común y su acceso es un derecho humano básico, fundamental y universal[15]. Es un don de Dios destinado a toda la humanidad, y no una simple mercancía sometida a las leyes del mercado.

4. Desarmar las palabras y reconocer el límite como dones

Para construir la paz desarmada en nuestra sociedad, a la que nos invita el Santo Padre, debemos empezar por nuestras propias actitudes y expresiones. El papa nos exhorta a «desarmar las palabras» para contribuir a desarmar la tierra[16]. En un clima político y social frecuentemente marcado por la crispación, debemos recordar que la pluralidad no debería degenerar en la descalificación permanente del adversario; la firmeza no exige desprecio y la discrepancia no conlleva humillación[17]. Renunciemos a las palabras hirientes, al juicio inmediato y a las calumnias, y cultivemos el amor en nuestras familias, en el trabajo y en las redes sociales[18].

Al mismo tiempo, la verdadera paz ecológica y social exige resistir las tentaciones engañosas del paradigma tecnocrático y del transhumanismo, que ven nuestra finitud y fragilidad humana como un defecto a corregir[19]. Como cristianos, sabemos que el ser humano no florece a pesar del límite[20], sino a menudo a través del límite. El verdadero florecimiento humano reside en la aceptación gozosa de nuestra fragilidad creatural, donde acontecen la dependencia mutua, la compasión y el amor[21]. La aceptación del cuerpo como don es la base ineludible para aceptar el mundo como casa común[22].

5. Conclusión: alzar la mirada con esperanza

Queridos hermanos, el cuidado de la casa común no se debe confundir con un simple activismo ecológico ni con un voluntarismo secular que prescinde de Dios. Nuestro esfuerzo humano es el humilde pan y vino que ponemos sobre el altar, confiando en la primacía de la gracia para que el Espíritu Santo los transforme en vida nueva. El Resucitado envuelve misteriosamente a todas las criaturas y las orienta hacia un destino de plenitud[23].

El lema del reciente viaje del Santo Padre a España ha sido «¡Alzad la mirada!» (Jn. 4, 35). Alzad la mirada hacia Cristo y alzadla para ver los campos que esperan la cosecha de la caridad. En esta Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, os invitamos a hacer de la conversión ecológica una experiencia profunda y comunitaria. Hagamos que cada gesto de sobriedad, cada esfuerzo por la justicia energética, cada acto de acogida al migrante y cada palabra de paz sean instrumentos con los que forjamos arados para cultivar una humanidad nueva.

Encomendamos este Tiempo de la Creación a la Bienaventurada Virgen María, Stella maris y Madre de la Caridad, para que ella, que sostiene el mundo en su corazón maternal, nos oriente en nuestra travesía, despierte en nosotros la valentía de la misericordia y nos enseñe a mirar a cada criatura con los ojos de Dios.

Que la bendición del Creador descienda sobre vosotros, sobre nuestra tierra española y sobre toda la familia humana.

jueves, 3 de septiembre de 2026

El vicario de Ceuta llama a preservar la convivencia ante la crisis humanitaria: «Estamos con el alma en vilo y con el corazón roto»

 


El padre Francisco Fernández Alcedo reivindica el papel de la Iglesia como espacio de acompañamiento y consuelo y pide evitar cualquier escalada de tensión entre las comunidades religiosas

El vicario de Ceuta y párroco del Santuario de Santa María de África, el padre Francisco Fernández Alcedo, ha intervenido esta mañana en la Cadena COPE para analizar la respuesta de la comunidad ceutí ante la crisis humanitaria desencadenada el pasado 30 de julio. Durante su intervención, el sacerdote ha defendido el papel de la Iglesia como acompañante de quienes atraviesan situaciones de sufrimiento y ha llamado a preservar la convivencia que caracteriza a la ciudad autónoma.

Fernández Alcedo ha asegurado que la Iglesia no puede permanecer al margen del dolor que atraviesa parte de la ciudadanía. «Ahora mismo, Ceuta está con el alma en vilo y con el corazón roto, y ante ese hecho, la Iglesia, pues no puede permanecer indiferente», ha señalado.

En este contexto, el vicario ha destacado la importancia del Santuario de Santa María de África como uno de los principales espacios de encuentro, consuelo y vida comunitaria de la ciudad. Aunque ha reconocido que los recursos materiales de los que dispone la Iglesia son limitados, ha puesto el acento en la labor de acompañamiento pastoral y en la necesidad de mantener una presencia cercana junto a las personas que están sufriendo las consecuencias de la situación.

«El deber de la Iglesia es acompañar y ver dónde está el prójimo al que, como ese buen samaritano, pues tenemos que atender una situación que nos desborda», ha explicado Fernández Alcedo, apelando a la dimensión asistencial y humana de la comunidad religiosa.

Una llamada a preservar la convivencia

Durante su intervención, el sacerdote también ha incidido en la necesidad de evitar que la crisis derive en una fractura social. Fernández Alcedo ha reivindicado el carácter plural y convivencial de Ceuta y ha rechazado cualquier escenario de crispación. «Ceuta no quiere la crispación, Ceuta sabe convivir, Ceuta es una ciudad acogedora y amante de esa convivencia», ha afirmado.

El vicario ha trasladado así un mensaje de serenidad ante la situación y ha defendido la responsabilidad compartida de las distintas comunidades religiosas para impedir que las tensiones puedan desembocar en enfrentamientos. En este sentido, ha apelado a la vigilancia y a la responsabilidad de todas las confesiones presentes en la ciudad para evitar que la situación pueda agravarse. «La Iglesia es garante de esa convivencia y es garante de que esto no vaya a extrapolarse a otro enfrentamiento», ha subrayado.

Fernández Alcedo ha puesto además en valor el diálogo interreligioso que forma parte de la vida cotidiana de Ceuta. A su juicio, la relación entre las distintas comunidades no debe entenderse como un gesto puntual o meramente institucional, sino como una realidad asentada en el día a día de la ciudad.

Con su intervención, el vicario ha querido reforzar la idea de que, ante una situación de especial dificultad, el acompañamiento, la solidaridad y el mantenimiento de los canales de diálogo resultan fundamentales para proteger la convivencia y evitar que la crisis humanitaria termine generando una crisis social de mayor alcance.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Parroquias llenas de conversos… y vacías de discípulos: la pregunta que nadie quiere hacerse después del primer anuncio, por Fernando Mañó Bixquert


La escena se repite en toda España. Un retiro kerygmático termina un domingo por la tarde entre lágrimas, abrazos y testimonios que estremecen: «Yo venía por acompañar a mi mujer y me he encontrado con Cristo». El párroco vuelve a casa dando gracias a Dios, con la certeza de haber visto obrar la gracia. Y no se equivoca: la ha visto.

Dos meses después, en la misa del domingo, recorre los bancos con la mirada buscando aquellos rostros. Faltan casi todos.

Quien haya vivido esto —y son ya legión los párrocos, catequistas y laicos que lo han vivido— sabe que la pregunta incómoda no es «¿qué salió mal en el retiro?». Salió bien. La pregunta incómoda es otra, y solemos esquivarla porque no tenemos respuesta: ¿y después, qué?

Algo se mueve, y es de Dios

Digámoslo primero con claridad: lo que está ocurriendo en tantas parroquias es una bendición. Tras décadas de sacramentalizar sin evangelizar, cientos de comunidades han redescubierto el primer anuncio: cursos Alpha, retiros kerygmáticos, seminarios de vida en el Espíritu, encuentros de fin de semana que ponen a la persona ante el núcleo ardiente del Evangelio: Dios te ama, Cristo ha muerto y resucitado por ti, te espera una vida nueva.

Y está dando fruto. La Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe acaba de reconocerlo en su nota doctrinal Cor ad cor loquitur (febrero de 2026): se aprecian «signos que indican un renacer de la fe cristiana, especialmente entre los jóvenes españoles de la llamada "generación Z"», y las nuevas iniciativas de primer anuncio «representan un soplo de aire fresco para la Iglesia». No estamos, pues, ante un problema de métodos que fallan. Estamos ante algo más desconcertante: métodos que funcionan… y frutos que se evaporan.

El converso huérfano

Al protagonista de esta historia conviene ponerle nombre: es el converso huérfano. Ha tenido un encuentro real con Cristo —nadie tiene derecho a ponerlo en duda—, pero al volver a su parroquia no encuentra un camino para crecer. Encuentra horarios de misas, catequesis para los niños y un despacho parroquial. Todo digno, todo necesario; nada pensado para él. La parroquia lleva décadas organizada para administrar servicios a los ya convencidos, no para acompañar el proceso de un adulto que empieza.

Jesús describió el fenómeno con precisión de sembrador: hay semilla que cae en terreno pedregoso, «la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad, enseguida sucumbe» (cf. Mt 13,20-21). Lo inquietante de la parábola es que el problema nunca es la semilla. Es la tierra. Y preparar la tierra no es tarea del retiro: es tarea de la comunidad que recibe al converso el lunes siguiente.

La advertencia de los obispos

Aquí es donde la nota de los obispos pone el dedo en la llaga, con una lucidez que hay que agradecer. En estos métodos de primer anuncio, reconocen, las emociones tienen un peso importante, y no es malo: Dios alcanza al hombre entero, también en su afectividad. Pero advierten de un riesgo que muchos promotores de estas experiencias han detectado ya: el de un reduccionismo «emotivista» de la fe, que lleva a algunas personas a convertirse en «consumidores de experiencias de impacto y buscadores insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual».

El retrato es reconocible: el peregrino perpetuo de retiro en retiro, de encuentro en encuentro, buscando revivir el fogonazo inicial, incapaz de aterrizar en la vida ordinaria de una comunidad concreta. No ha encontrado un camino y lo compensa coleccionando salidas. Como recuerda la nota citando la encíclica Lumen fidei, una fe así «se reduce a un sentimiento hermoso, que consuela y entusiasma, pero dependiendo de los cambios en nuestro estado de ánimo». Y los obispos añaden una frase que merece ser grabada en la puerta de cada sala de retiros: «Se ha de ser precavido ante los sentimientos y las emociones que simplemente proporcionan bienestar al sujeto. Cristo, por el contrario, llama a cargar con la cruz y a seguirlo. A una fe basada solo en sentimientos agradables y positivos le repugna la cruz. No se puede entender la vida cristiana sin compartir la cruz y completar en nuestra carne los sufrimientos de Cristo».

Nada de esto es un alegato contra la emoción, y la nota se cuida mucho de serlo. Es un alegato contra la orfandad: la emoción del encuentro es el principio de un camino, no su sustituto.

El problema no es el anuncio: es el después

La tentación, llegados aquí, sería concluir que hay que enfriar el primer anuncio, volver a lo de siempre, desconfiar del kerygma. Sería la conclusión exactamente equivocada. El primer anuncio no sobra; lo que falta es lo que debe seguirle. La propia nota lo dice sin rodeos: al impacto inicial «le ha de seguir la configuración de la vida de los cristianos con el Señor, el discipulado en la Iglesia» y el apostolado como testigos en medio del mundo.

Es la misma lógica de Evangelii gaudium cuando describe a la comunidad evangelizadora: una comunidad que «primerea», que se involucra y que —el verbo decisivo— «acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean» (EG 24). Procesos. Prolongados. Justo lo que nuestra pastoral de eventos no sabe ofrecer: sabemos organizar un fin de semana inolvidable; no sabemos qué proponerle al converso el miércoles a las ocho.

Lo que piden los obispos tiene nombre

¿Y qué proponen los obispos? La nota lo formula en una línea que es todo un programa pastoral: «Resulta particularmente oportuno iniciar itinerarios catecumenales y procesos formativos de discipulado y acompañamiento en la maduración de la fe con aquellos que han realizado una primera conversión al Señor».

Léase despacio, porque ahí está todo: itinerarios catecumenales —el viejo arte de la Iglesia de los primeros siglos, que no llevaba a nadie del flechazo a la boda sin noviazgo— y procesos de discipulado, es decir, un modo estable de vivir como discípulo dentro de una comunidad concreta que te conoce, te sostiene y te envía. No son dos ocurrencias: son los dos eslabones que le faltan a la cadena. El primer anuncio enciende; el catecumenado inicia; el discipulado sostiene de por vida. Donde falta cualquiera de los dos últimos, el primero se convierte en una hoguera de virutas: mucha llama, poca brasa.

La pregunta que lo cambia todo

Hagamos la prueba, cada uno en su comunidad. Si este domingo alguien se convirtiera de verdad en tu parroquia —un encuentro real, de los que cambian una vida—, ¿qué le ofreceríais el lunes? Si la respuesta es «la misa de las doce y, si quiere, el grupo de Cáritas», entonces la pregunta de este artículo también es la tuya.

No es una pregunta para culpabilizar a nadie: es la pregunta más esperanzadora que puede hacerse hoy una parroquia, porque tiene respuesta. La Iglesia sabe hacer discípulos; lo ha sabido desde aquella primera comunidad que perseveraba «en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2,42). En próximos artículos recorreremos ese camino: qué es exactamente un discípulo —y por qué no equivale a un alumno—, qué papel juega el catecumenado como puente después del kerygma, y qué estructuras concretas permiten que una parroquia deje de coleccionar conversos huérfanos y empiece, sencillamente, a hacer discípulos.

Porque el mandato de Jesús no fue «provocad experiencias». Fue «haced discípulos» (Mt 28,19). Y entre lo uno y lo otro se juega hoy el futuro de nuestras parroquias.

martes, 1 de septiembre de 2026

¿Son inmorales las devoluciones en caliente? Munilla responde y recuerda lo que enseña la Iglesia


El obispo de Orihuela-Alicante, monseñor José Ignacio Munilla, ha realizado una extensa reflexión sobre los graves acontecimientos vividos en Ceuta y ha rechazado interpretarlos como una crisis migratoria convencional.

«La tragedia vivida estos días en Ceuta no es una crisis migratoria», afirmó el prelado durante su programa Sexto Continente, en Radio María. A su juicio, lo sucedido responde a «la utilización de la demografía en el juego geopolítico como un arma».

Munilla partió de una reflexión del presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, quien había advertido en redes sociales sobre la utilización de las migraciones dentro de las estrategias de poder: «La biopolítica es clave en el actual poder mundial. Se juega con la vida y se utiliza a las personas, sus sueños, hambre, sexualidad y datos en favor del lucro y del poder».

«No eran peones de un tablero geopolítico»

Munilla fue especialmente contundente al denunciar la instrumentalización de miles de personas para ejercer presión sobre España.

«La catadura moral de quien utiliza su propio pueblo como munición es repugnante. Es una de las formas más graves de depravación del poder que cabe imaginar», aseguró.

Para el obispo, el elemento fundamental no es únicamente que miles de personas intentaran cruzar la frontera, sino las circunstancias en las que se habría producido ese movimiento.

Según su análisis, decenas de miles de personas fueron empujadas hacia la frontera española alimentando «falsas expectativas», convirtiéndolas en piezas de una estrategia política.

«Cada uno de esos fallecidos tenía un nombre, una familia. No eran peones de un tablero geopolítico, no eran munición diplomática. Eran personas creadas a imagen de Dios», recordó.

Munilla considera que cuando un gobernante induce a sus propios ciudadanos a dirigirse masivamente hacia una frontera, exponiéndolos a graves riesgos para conseguir un objetivo político, está traicionando una de las primeras obligaciones de cualquier autoridad: proteger a su pueblo.

«Cuando los ciudadanos dejan de ser considerados personas con dignidad y pasan a ser instrumentos de una presión política, la política ha degenerado en cinismo al máximo grado».

España también tiene responsabilidades

El obispo no eximió, sin embargo, a España ni a la Unión Europea de sus propias responsabilidades.

España, señaló, «tiene el deber de proteger sus fronteras con proporcionalidad, humanidad y respeto a la legalidad», mientras que la Unión Europea también debe asumir las responsabilidades que le corresponden.

Pero pidió distinguir los diferentes planos de responsabilidad.

«No confundamos los planos», insistió. A su juicio, una cosa es la responsabilidad de quien utiliza deliberadamente movimientos de población como instrumento de presión y otra la obligación de España de custodiar eficazmente sus fronteras.

Munilla considera que lo ocurrido se asemeja más a «un ataque geopolítico contra la soberanía de España en forma de invasión temporal» que a los habituales movimientos migratorios que llegan a las costas españolas.

¿Son inmorales las devoluciones en caliente?

El obispo abordó también una de las cuestiones más polémicas relacionadas con la inmigración: las llamadas devoluciones en caliente.

Munilla discrepó de las organizaciones que consideran que esta práctica es siempre moralmente inaceptable.

«Creo que se equivocan las asociaciones u ONG que califican de inmorales las devoluciones en caliente», afirmó.

Para argumentarlo recurrió a dos principios que, según explicó, deben mantenerse unidos dentro de la doctrina social de la Iglesia.

Por una parte, existe el deber de acoger al extranjero, especialmente cuando huye de una guerra, una persecución o una situación de extrema gravedad. Pero, simultáneamente, los Estados poseen «el derecho y el deber» de regular los flujos migratorios y proteger sus fronteras en función del bien común.

«La defensa de una frontera nacional no es en sí misma un acto de hostilidad hacia el inmigrante», afirmó.

Eso no significa, matizó inmediatamente, que cualquier devolución sea legítima ni que la defensa de las fronteras pueda justificar actuaciones que vulneren la dignidad humana.

«Entonces, la verdadera respuesta moral exige sostener al mismo tiempo dos exigencias. Sí a una acogida solidaria con quien verdaderamente necesita un sistema de protección y, además, un ejercicio responsable de custodiar las fronteras. Cuando uno de estos principios se absolutiza hasta anular el otro, dejamos de servir al bien común. La caridad nunca puede separarse de la prudencia, como tampoco la justicia puede desligarse de la misericordia. La doctrina social de la Iglesia no nos invita a escoger entre una u otra, sino a hacer un equilibrio. Y solo desde ese equilibrio podemos afrontar uno de los desafíos más complejos que estamos viviendo en el momento presente».

«La caridad nunca puede separarse de la prudencia»

Munilla planteó además una cuestión práctica: si se transmite la idea de que basta con conseguir atravesar físicamente una frontera para obtener automáticamente un derecho de permanencia, pueden generarse incentivos para asumir riesgos cada vez mayores.

Por eso considera que determinadas devoluciones pueden contribuir a evitar situaciones de violencia, siempre que se realicen respetando la dignidad de las personas y atendiendo las circunstancias particulares.

«El derecho a emigrar no equivale a un derecho incondicional a establecerse en cualquier país al margen de las leyes que regulan el acceso», explicó.

La posición católica, concluyó, obliga precisamente a evitar dos extremos: ignorar el sufrimiento de quien necesita verdaderamente protección o negar a los Estados su responsabilidad de ordenar la inmigración y custodiar sus fronteras.

«La caridad nunca puede separarse de la prudencia, como tampoco la justicia puede desligarse de la misericordia».

Para Munilla, esa búsqueda del equilibrio es imprescindible para afrontar uno de los problemas políticos, sociales y humanos más complejos de nuestro tiempo.

lunes, 31 de agosto de 2026

León XIV explica qué buscaba el Vaticano II con la reforma litúrgica

Durante la audiencia general de los miércoles, León XIV seguía su catequesis, enfocándose en uno de los documentos más importantes del Concilio Vaticano segundo.

La reflexión se centró en el documento Sacrosanctum Concilium, que el Papa utilizó para explicar por qué los padres conciliares decidieron reformar la liturgia.

domingo, 30 de agosto de 2026

«Vivir como si Dios existiera»: el reto viral de un influencer que desmontó todos sus esquemas

La historia de Brian Guaninfluencer que vive en Nueva York (EE.UU), ha captado la atención de miles de personas en redes sociales. Masfe.org cuenta su historia.

Lo que comenzó como un reto personal de 30 días terminó convirtiéndose en un proceso de transformación espiritual que él mismo bautizó como Faithless Christianity ("Cristianismo sin fe"). 

Su idea inicial era sencilla y radical: vivir como si Dios existiera, aun sin estar seguro de ello, y observar qué sucedía.

De la duda a la práctica

Brian reconoció abiertamente que no sabía si Dios era real. Sin embargo, decidió poner a prueba un principio: "Primero la práctica, luego la fe"

Así, comenzó a incluir en su rutina diaria oraciones, lecturas bíblicas y gestos de gratitud. Sus primeras oraciones eran casi un experimento: "Dios, no sé si eres real, pero por favor acércame a ti". Aunque al inicio se sentía extraño, poco a poco estas prácticas empezaron a moldear su vida.

Brian leyendo la biblia en la calle.

Brian leyendo la biblia en la calle.MASFE.ORG

Uno de los momentos más significativos ocurrió al leer sobre el perdón de Jesús en la cruz. Recordó a un amigo con quien había roto relación y decidió reconciliarse. También empezó a practicar la bondad en gestos simples, como recoger basura en su vecindario. Aunque los cambios no fueron inmediatos, con el tiempo comenzaron a ser evidentes.

El reto no solo implicó gestos externos. Brian decidió enfrentar su adicción a la nicotina, un hábito de ocho años. Inspirado por 1 Corintios 10:13, comenzó a incluir la oración en su lucha contra la tentación. Reconoció sus tropiezos, pero descubrió que no podía simplemente eliminar un hábito sin reemplazarlo por algo distinto. La fe se convirtió en un recurso para su batalla personal.

Con el paso de los meses, Brian notó transformaciones profundas. Se volvió más amable con los demás y encontró un propósito renovado

Comparó su experiencia con los años dedicados al yoga, disciplina que había practicado e incluso enseñado. Aunque valoraba esa práctica, aseguró que nunca le había producido el mismo cambio interior que la lectura de la Biblia. "Con la Escritura, salgo queriendo ser mejor con los demás", explicó.

Lo que comenzó como un experimento dejó de serlo. "Me cansé de fingir. Esto es real", declaró en un vídeo. Poco después confesó: "Jesucristo es real. Jesucristo es mi Señor y Salvador". 

Su proyecto dejó de ser un reto para convertirse en una experiencia de fe personal. Brian comenzó a compartir el Evangelio en parques de Nueva York, conversando con desconocidos y ofreciendo pasajes bíblicos. En una ocasión, alguien lo llamó "celebridad", a lo que él respondió: "Jesús es la celebridad".