El domingo 26 de julio se celebra la VI Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores y la autora recuerda que "olvidar al anciano es un acto cobarde" y de "egoísmo"
Dicen que el olvido ocurre cuando cesa la memoria que se tenía, cuando termina el afecto, o cuando se descuida «algo que se debía tener presente». Tres formas distintas de olvido: el olvido de uno mismo, el olvido del afecto y el olvido que se inflige a las personas de nuestras vidas, o a las que nos necesitan.
En el lado opuesto, nuestro reconocimiento a tantas personas, dentro y fuera de la Iglesia, que optan cada día por no olvidar a sus mayores, por honrarlos. Mientras crecen en humanidad –magnífica humanidad–, nos iluminan. Como comunidad, les debemos gratitud. En nombre de todos caminan contra los fuertes vientos de la frivolidad y la insolidaridad. Combaten por puro corazón de biennacidos. Envejecer obliga a discernir a quien envejece y a su entorno. Las familias lo saben, muy solas en esta cultura cínica que desecha personas cuando más vulnerables son, mientras discursea sobre bienestar, autonomía y envejecimiento activo.
Con los abuelos y mayores olvidados de nuestra Diócesis de Cádiz y Ceuta, quisiéramos compartir en esta Jornada dos cosas. La primera, el convencimiento de que existe la posibilidad de resistirse a la mordedura del olvido, y es no dejar nunca de amar. Quien sigue amando, a pesar de las dificultades, a pesar de no recibir amor, sigue vivo, libre, humano. La segunda y más importante ventura: no estáis solos, no estamos solos. La soledad absoluta no existe. Tampoco el olvido absoluto.
En medio de todos los tipos de olvido que existen, hay uno que nunca se ha dado, ni se da, ni puede llegar a darse nunca: el olvido divino. Porque la promesa «YO NO TE OLVIDARÉ» está hecha por el mismo Amor. Necesitamos recordarla cuando el velo del olvido quiere cubrirnos. Es Dios mismo el que la hizo y la sigue haciendo a cada hombre y mujer. Profundizar en esta fidelidad infinita cambia la mirada de todo, impregna de luz, nos saca de la resignación. Nos aleja de caer en el peor de los olvidos, el de olvidar al Padre.







