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viernes, 5 de marzo de 2021

El sistema de la democracia (DSI). Por Rafael Serrano

Hoy comienzo una serie de reflexiones sobre el sistema político de nuestra democracia, que si bien, es una democracia verdadera y asentada, está necesitada de mejoras para hacer de ella un sistema más acorde con la dignidad de la persona humana y para ello tenemos que concienciarnos todos de la responsabilidad que tenemos como ciudadanos en el perfeccionamiento de las instituciones y del sistema todo. 

Espero que estas reflexiones nos ayuden a ser mejores ciudadanos y mejores cristianos. 

El sistema de la democracia 

En la Encíclica “Centesimus annus”, del Papa San Juan Pablo II, con motivo del centenario de la Encíclica “Rerum novarum” de León XIII, leemos. “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la “subjetividad” de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad”. A la luz de estos principios bien podemos afirmar que en general las democracias actualmente vigentes, si bien son auténticamente tales y estás consolidadas, si son susceptibles de perfeccionamiento tanto en sus instituciones como en su funcionamiento. En este y en los siguientes artículos iré reflexionando sobre esas mejoras que necesitan nuestras democracias y sobre la responsabilidad que todos tenemos en su consecución. En líneas generales diría que en primer lugar no siempre se basan en “ una recta concepción de la persona humana” , como muestra la extensión de leyes como las del aborto, eutanasia, matrimonios homosexuales… que distan mucho de esa recta concepción de la persona humana, a la luz de la doctrina social de la Iglesia. Por otra parte en estas democracias con frecuencia no se promueven convenientemente a las personas concretas, por no darse las condiciones necesarias en las situaciones laborales, en los sistemas educativos, en la protección y promoción de la familia natural. Tampoco podemos afirmar que existan y se promocionen suficientemente estructuras de participación real y de corresponsabilidad. El sistema de partidos políticos, si bien necesario, con frecuencia, soslaya la participación de los ciudadanos y, como consecuencia, la corresponsabilidad es un término a menudo vacío. Los valores y la democracia Una auténtica democracia no es sólo el resultado de un respeto formal de las reglas, sino que es el fruto de la aceptación convencida de los valores que inspiran los procedimientos democráticos: la dignidad de toda persona humana, el respeto de los derechos del hombre, la asunción del “bien común” como fin y criterio regulador de la vida política. Si no existe un consenso general sobre estos valores, se pierde el significado de la democracia y se compromete su estabilidad.

Uno de los mayores riesgos para las democracias actuales es el relativismo ético, que induce a considerar inexistente un criterio objetivo y universal para establecer el fundamento y la correcta jerarquía de valores: “Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.” (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, II, c. 8 , n. 406-407) 

Rafael Serrano Molina

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